sábado, septiembre 04, 2010

La casa de la playa

Tuvimos la osadía hace unos cuatro años de embarcarnos en la compra de un pequeño apartamento en Conil.

Cuando nos lo vendieron nos explicaron que jamás construirían delante nuestra y tendríamos de por vida las maravillosas vistas del río Salado, del campo de Vejer, el Parque de la Breña y el faro de Trafalgar, la torre de Castilnovo y las playas vírgenes que conducen al Palmar.

En menos de un año se presentaron grandes excavadoras para meterle mano a ese terreno vendido como eternamente virgen, en esas estrategias rastreras de una importante parte del mundo empresarial, especialmente inmobiliario, por mentir, deformar, hacerse los locos...

Afortunadamente, las edificaciones de enfrente dejaban un hueco justo frente a nuestro dormitorio, por lo que mantuvimos en gran parte las vistas que nos enamoraron. Aunque ahora haya que desnudarse observando de reojo a un posible vecino mirón.

Con los primeros inviernos, el terreno empezó a ceder, las humedades a entrar. El dinero gastado en pintar, empapelar algunos rincones... se resquebraja con las grietas de casi un centímetro que rajan de arriba abajo el edificio. Ese edificio de materiales de primera.

Escrúpulos, ninguno.

A pesar de todo, no estamos en absoluto arrepentidos de habernos hecho con este pequeño lugar del mundo de la costa gaditana. Este verano han estado por aquí casi todos nuestros grandes amigos. Marta con su sonrisa eterna, inocente de ideas claras, Isaac el revolucionario, sacándonos cada dos por tres de paseo, Mariángeles de conversaciones profundas y divertidísimas, David pura educación y cariño, Miguel, el portugués más vitalista, Vincent y Elodie, nuestra pareja francesa favorita, siempre asombrados por los pasionales españoles, Raúl el tranquilo y observador, Cinta con sus nervios de boda próxima, Pilar lectora empedernida y entusiasta de paisajes nuevos, la Polemique de paseos larguísimos por la playa.

Que nuestra casa de la playa, un verano más, sea el lugar de encuentro de nuestros amigos es el mejor sortilegio contra grietas y mirones.

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