miércoles, julio 28, 2010

Observación

La primera vez que fui consciente del placer que provocaba observar a los otros llegó muy lejos de aquí, en el tiempo y en el espacio. Tenía 21 o 22 años, viajaba haciendo interrail por toda Europa, con mucha ilusión, poco dinero y la mochila llena de conservas.

Estábamos en la estación de ferrocarril de Estocolmo, a punto de tomar el tren que nos llevaría al norte del país, contorneando el mar Báltico para llegar a Helsinki. Derrotados y hambrientos, sentados en el suelo apoyados en unas taquillas a lo largo de un ancho pasillo donde la gente caminaba deprisa, con maletas, agarrados de la mano, dándose besos, rebuscando un olvido de última hora en el equipaje, me sentí transparente. Yo podría perfectamente no estar ahí, de hecho era lo estadísticamente razonable, que un sevillanito veinteañero no estuviera observando a tanto nórdico pulular en su cotidianeidad de viajes ferroviarios.

Recuerdo horas allí, en silencio, mirando a lo más próximo.

Me gusta mirar a las personas, estudiarlas, tratar de adivinar qué esconden bajo sus conversaciones, sus miradas o sus prisas. No tengo memoria para vestidos o coches, pero sí la tengo para las personas y las ciudades. A cada cuál le funciona el almacén de los recuerdos de una determinada forma, y yo debo tener tan pocos megabytes en mi cabeza que selecciono de forma natural.

Observar es una actitud. Dejarse llevar por los movimientos en los demás, sus conversaciones, sus gestos.

Aprender del mundo mirándolo.

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