lunes, septiembre 13, 2010

Analfabetos emocionales

Nadie obtiene un máster a lo largo de su vida en relaciones personales. Incluso los expertos, psicólogos, sociólogos o trabajadores sociales, encontrarán dificultad en aplicar sin pestañeo la teoría aprendida a su vida diaria.

Las personas somos imprevisibles frecuentemente, los años nos van cambiando y la escala de valores de cada uno de nosotros se va modulando hacia prioridades distintas con la madurez. Hay demasiados factores, en nuestro devenir mundano, como para poder construir ecuaciones que nos orienten hacia soluciones potentes y definitivas cuando nuestra pareja está triste, un hermano se cabrea contigo o un amigo comienza a aparecer menos por tu vida.

Partiendo de la base de la no existencia de recetas mágicas, el sentido común funciona bastante bien.

El problema es cuando el sentido común no funciona porque un individuo es un analfabeto emocional (concepto utilizado por mi amiga Mariángeles).

Por mi vida han pasado muchos, y muchas, de esas personas. No les huyo, pero trato de no hacer migas, a no ser que ya estén integrados en mi mundo.

Entre estos últimos, tengo amistades que se arrastran imperturbables por el amor de alguien, valorándose a la altura de un zapato y traicionando a los más cercanos por una cita a cualquier precio.

Yo mismo he llegado a creerme enamorado de gente así, personas que, hasta que las descubres en su infantilismo de inmadurez, te dañan y desconciertan, porque no se rigen por parámetros en que los sentimientos nobles sean la guía.

Recuerdo compañeros de universidad con expedientes impecables, impensables para mí, pero que no sabían darte la mano firme ni mantener la mirada. Grandes candidatos de por vida a no enterarse de la misa la mitad.

Gente que no sabe ponerse en la piel del otro, que rehúye conversaciones complejas, que prefiere una revista de coches a una novela, una sesión de gimnasio a una cena con velas, un vulgar programa de cotilleo a una buena película; no saben acariciar con movimientos suaves, ni encuentran momentos para decir que son felices, envidian a la gente sensible pero no investigan sus propias sensibilidades.

¿Cómo van a entender a sus parejas si ni siquiera se han planteado entenderse a ellos mismos?

En todo habrá un porqué. A saber dónde está el origen de esos desfases que hacen de muchos humanos, a veces brillantes profesionales en su terreno, auténticos analfabetos emocionales.

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