martes, junio 03, 2014

Breaking bad

Estábamos en el cumpleaños de nuestra querida Bely, un territorio plagado, entre muchas maravillas, de frikis adictos a las series de TV americanas; tanto así que se regalaban ese día muñequitos de personajes aparentemente inconfundibles para quienes disfrutan pasando fines de semana enteros tragándose temporadas completas de cualquiera de estos elegantes culebrones de nuestro tiempo que te hacen sentir analfabeto cuando observas la pasión con la que se cuentan finales o destrozan personajes de historias de las que no conoces más que su nombre.

Siento una envidia sana al ver a gente así de interesante encandilada con ese bagaje emocional que yo no tengo; y es que cada uno organiza sus tiempos de la forma más coherente con su visión de la felicidad, que yo no encuentro en la tele, sino en la calle, en una cena o en un libro, a pesar de que me gustaría estar en misa y repicando, y saber qué muñequito regalarle a Bely o charlar durante horas con una cerveza con mi amigo Miguel de los últimos capítulos de Juego de Tronos o Breaking Bad. Pero me pierdo.

Con las cervecitas de un mediodía impecable de nubes atemperando un día soleado de azoteas, alguien me preguntó por mi serie preferida, y tuve que admitir que yo estoy viendo el Aquí no hay quien viva de hace diez años, sin atreverme a confesarle a ese amigo de la cumpleañera que no veo momento más feliz que ése de acostarme cada noche con ese soniquete... ¡Aquí, aquí, aquí no hay quien viva!

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