lunes, octubre 06, 2014

Broadway

Hay muchos momentos en que mi curiosidad se lamenta de que el período de una vida humana sea tan corto respecto a los tiempos de cambio en una sociedad, incluso en ésta loca y acelerada que nos ha tocado vivir.

Fue en 2003 cuando aterricé por vez primera en esta deslumbrante ciudad de Nueva York; los recuerdos son suficientemente cercanos y el tiempo transcurrido significativo como para poder confirmar que ha habido evoluciones en esta inmensa urbe que me hacen presagiar un futuro mejor en determinadas materias que me conmueven.

Es una ciudad dura. Mucho. No hace falta viajar aquí para saberlo, aunque cuando te enfrentas en las estaciones de metro o en cualquier rincón de un parque con la mirada perdida de tantos desheredados, entonces confirmas que esta capital del mundo es un reflejo potenciado de los excesos, desequilibrios y egoísmos de un ser humano que no ha sabido, tal vez podido, estructurar con más sentido el hormiguero que conformamos.

Hay, sin embargo, pinceladas que me hacen creer que sí, que la esperanza es posible, aunque sé que no viviré para confirmar que esa familia negra que vi hace unos días en un musical de Broadway, y que espero serán dos en otros diez años, no será algo en lo que fijar la atención; porque cuando me emocioné en mi primer viaje viendo Nine, no pude sustraerme a presenciar el blanco uniforme del gallinero y el negro absoluto de los acomodadores.

Ya la línea C que lleva a Harlem no es sólo afroamericana a partir de la estación 96, ya encuentras hispanos enchaquetados camino de Wall Street.

¿Qué Nueva York encontraré en mis viajes de senectud?

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