lunes, septiembre 29, 2014

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Hace unos días rendimos homenaje con una comida sorpresa a un compañero de trabajo que dejaba nuestro departamento tras un recorrido impecable de compañerismo y profesionalidad. Todos los que antes o después habían trabajado con él participaron en la comida, contribuyeron con el regalo o, en buen número, compartieron mesa de restaurante para disfrutar del momento emotivo que supone despedir a un compañero de tus rutinas diarias.

Él, un francés encantador y divertido que tira por tierras los tópicos recurrentes asociados al pasaporte de turno, estuvo ingenioso y agradecido, aún más por lo que suponía de sorpresa esa muestra programada de afecto. A fin de cuentas va a seguir una temporada en Sevilla.

Le entregamos en una caja camuflada llena de dedicatorias una PS4 (creo que se dice así) y el momento en que la abrió fue el mejor regalo que él nos pudo hacer. Fueron segundos eternos de una emoción incontenible que nos dejó a todos los comensales ruborizados.

¿Qué regalo material tendrían que regalarme a mí para sentirme de nuevo un niño emocionado?

No me viene nada a la cabeza.

1 comentario:

Francisco Muñoz dijo...

Qué buena persona este jodido larguirucho!!