lunes, septiembre 01, 2014

Borete

Mi madre me decía: 'Nadie se llama como tú'.

En mi familia hay tantos Salvadores que decidieron ponernos nombres, a veces inventados, para distinguirnos. Mi primo Tete, mi primo Curro… A mi padre le pusieron Bori. Él cuenta que deriva de Salvadorín… Dorín… Dori… Bori… El caso es que mi padre es Bori para todos los que le conocen.

Y el primer hijo varón de Bori debía llamarse Salvador, ¡tradición manda!, y de Bori no podía nacer otro hijo que Borete.

Es el soniquete que siempre he interpretado como reclamo desde pequeñillo. Para todo el mundo yo era Borete, un niño con una infancia feliz en una familia cálida y divertida.

El nombre de Salva llegó con el colegio, aunque mis amigos seguían siendo los de siempre y Borete era un niño tímido, querido y protegido por su entorno.

El bachillerato y el instituto, como a la mayoría, me hicieron acceder a un mundo nuevo y ya en la universidad comencé a construir a mis amigos de siempre. Entonces el rastro de Borete se limitaba a mi familia y las primeras amistades de la infancia.

Un día mi hermano David decidió que mi nombre sonaba muy infantil, ¡o pijo!, no recuerdo muy bien la crítica, y que a partir de entonces tendrían que llamarme Bore.

Sea como sea, el tiempo ha pasado rápido, ya soy todo un señor y hay días en que me coge de improviso un grito inesperado de ¡Borete! que me lleva de golpe a las mismas entrañas de mi infancia y me hace sentir una emoción racial.

Y hay un momento, un preciso instante de sutil seducción, en que alguna de las personas más queridas de mi presente, de aquéllas que me conocieron en el período 'Salva', se decide a nombrarme por la palabra mágica, Borete, diciéndome así que se siente parte de mi complejo mundo interior, con toda la carga de afecto que ese gesto me transmite.

Porque como decía mi madre, 'nadie se llama como tú'.

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