miércoles, diciembre 17, 2014

Podemos

Sé, en mi fuero interno, que nunca votaré a Podemos. Tan claro lo tengo como que nunca votaré al Partido Popular.

También quiero, en cambio, que saque muchos votos, una parte considerable de asientos en el Congreso y en los ayuntamientos. Entiendo que es necesaria, diría que imprescindible, la llegada de una fuerza política como ésta, sin hipotecas ni traiciones acumuladas.

No los votaré porque no creo en políticas irrealizables sin sustento económico, porque no me gustan los mensajes apocalípticos y porque creo que España tiene remedio con políticas que modifiquen el rumbo sin necesidad de hundir el barco. Perderíamos mucho de lo recorrido en estas décadas de democracia si comenzásemos a levantar barricadas y torpedeásemos la credibilidad de nuestros compromisos internacionales. No creo, a estas alturas del partido, en sistemas económicos centralizados ni en la eliminación de los medios privados de comunicación.

Aún así pienso que la fuerza de la democracia es el equilibrio de opciones. Por muy simpatizante de un partido que yo fuese no querría jamás que obtuviera los 350 escaños del Parlamento. No se puede talibanizar el sistema por mucho que uno tenga las ideas claras.

Y Podemos debe hacer mucho por la regeneración de las formas, por la denuncia de los hábitos podridos, por la catársis en los comportamientos. Podemos puede traer decencia a la política.

Esta país anda mal, son demasiadas las personas instaladas en la miseria de una vida sin futuro y no se puede permitir seguir metiendo la basura bajo la alfombra. Es necesario instaurar un código ético implacable basado en leyes robustas; hay que cambiar el sistema educativo de raíz; establecer criterios agresivos, no cosméticos, contra la corrupción y luchar contra la desigualdad de las rentas con una política fiscal justa, sin criminalizar al que más tiene, poniendo en el centro al emprendedor.

Yo deseo que estos cambios se hagan ya, con rapidez pero con cabeza, y quiero que esa gente enérgica, joven, irreverente y portavoz de una masa enorme de familias indignadas, se siente en nuestro Congreso a no dejar pasar ni una, a representar a los descreídos y hacer volver a esta joven democracia a quienes hace tiempo dejaron, con sólidos argumentos, de creer en ella.

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