viernes, septiembre 26, 2014

Fascinación

A pocas horas de coger un vuelo que me lleve una vez más a Nueva York, me pregunto por qué mi fascinación por esta ciudad y rápidamente encuentro mil respuestas.

Entre esas mil intento descifrar la clave que las unifique y me vienen a la cabeza adjetivos que alaban su  cosmopolitismo, la grandiosidad, la vanguardia o su universalidad. Llegar a Manhattan es introducirse en el televisor del salón de casa, en las salas de cine o en el territorio de mis sueños.

Una ciudad que creció atolondradamente durante todo el siglo XX, sin apenas historia anterior, llenándose de capas rectilíneas numeradas por las que pasear es su mejor museo, donde las razas se juntan y se escuchan idiomas irreconocibles; una urbe gigantesca que te hace sentir en el centro del mundo al tiempo que te dice que no eres más que una hormiga irrelevante entre mazacotes de hormigón que te vigilan, sin mirarte, cada vez que cae la noche con su firmamento inaccesible de oficinas infinitas.

Nueva York disimula su rutilante humanidad haciéndose pasar por divina, lo que provoca que el que la visita tenga la sensación de entrar en un territorio atemporal que le protege de las vidas normales y los miedos de siempre.

Destartalada y esbelta, joven, perversa, tolerante y marginal, rebelde, inmisericorde y mutante, falsa, traviesa y prismática ciudad de Nueva York, cómo me haces creerme importante cuando vuelvo a ti.

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