sábado, octubre 23, 2010

Indonesia

Gracias a que hubo estación intermedia en China, el impacto al llegar a Indonesia no ha sido tan fuerte como si hubiésemos llegado directamente de Japón.

Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.

Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.

Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.

Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.

Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.

Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.

Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.

Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.

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