lunes, diciembre 14, 2009

Dejarse ir

Quizás todos los humanos tengamos en mayor o menor medida ese miedo a atravesar la barrera del abandonarse, dejándonos ir.

Yo tomo como gran ejemplo a mi padre. Un señor de 77 años, operado a vida o muerte del corazón hace relativamente poco, viudo desde hace un cuarto de siglo, viviendo solo desde que se marchó mi hermano David de casa.

A pesar de los años vividos, los muertos enterrados, las enfermedades límites y su espíritu despistado, él sigue vistiendo impecable, manteniendo conversaciones simpáticas e inteligentes, seduciendo a sus amigas con toda la juventud de sus by-passes.

Muchas veces me he cruzado con compañeros del colegio, con vecinos, primos, colegas de trabajo, conocidos que han envejecido decenios en años. Soltando barriga, demacrados, vestidos por la simple obligación de no ir desnudos.

El cuidarnos nos lo debemos por encima de todo a nosotros. Cuidarnos para sentirnos vivos pero también por respeto a la gente que queremos.

Si supiéramos lo que alegramos inconscientemente la vida a los que nos quieren cuando nos ven guapos, atentos, vitales, daríamos la importancia suficiente a esto que puede parecer una frivolidad.

Atravesar la frontera del 'dejarse ir' siempre tiene retorno, pero cuanto más lejanos estemos de esa puerta al abandono, más difícil nos será encontrar el camino de vuelta hacia el respeto a nosotros mismos.

No es cuestión de maquillajes ni operaciones de cirugía estética, ni hablo de no saber envejecer.

La prueba está en mi padre, que aún deja el asiento de los autobuses a señores que tienen veinte años menos que él, un hombre impecable de corazón frágil.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo contigo salva, como bien trasmites, la actitud en este sentido es un claro reflejo del alma.

Frank.