domingo, noviembre 08, 2009

El puño cerrado

Había un compañero de clase en la universidad del que apenas me separaba durante la mañana. Teníamos un nivel similar, íbamos a las mismas clases, nos conocíamos de la época del bachillerato y estudiábamos en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros.

De los mejores recuerdos que tengo de por entonces eran los ratos que pasábamos en la cafetería. Íbamos ampliando nuestro círculo de amistades, nos pasábamos apuntes, nos explicábamos temarios inentendibles, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro, ¿seremos capaces de acabar una carrera tan difícil?, ¿encontraremos trabajo en Sevilla?, ¿trabajaremos de aquello para lo que nos preparábamos?, ¿nos gustaba realmente lo que estudiábamos?

Luego pagábamos el café, recontando las monedas del poco dinero que teníamos, aún dependientes de nuestra familia, y volvíamos a la Biblioteca.

Es de esos años de cuando tengo la percepción clara del concepto de ‘tacaño’.

Por entonces pagábamos en pesetas, yo era consciente de que el poco dinero que teníamos lo conseguíamos de dar clases particulares, de trabajar alguna vez tras la barra de un bar, de hacer encuestas por la calle o, en la mayoría de los casos, de una paga semanal de nuestros padres.

Este compañero siempre se hacía el remolón a la hora de pagar el mísero café, pero no tardaba en perseguirte para recuperar el duro que te prestó para tomarte una palmera de chocolate diecisiete días antes. Poco importaba que tú le hubieras pagado el café más de la mitad de esos diecisiete días.

El duro de la palmera era imperdonable.

Memoria prodigiosa para el céntimo que prestó, enormes ganas de ir al baño a la hora de pagar.

Yo presumo de estar en el mundo. Sé quién tiene, quién pasa apuros, quién amasa fortunas y quién vive con lo justo.

No hay nada más ruin que una persona tacaña con sus amistades.

‘¡Es que el dinero cuesta mucho ganarlo!’

Precisamente por eso, porque cuesta mucho ganarlo, porque dedicamos tanto tiempo de nuestra vida a currar para que nos den a final de mes una nómina de la que somos esclavos; o beneficios aquellos que tienen sus propias empresas.

El fruto de mi esfuerzo lo comparto contigo, porque eres importante para mí.

Sé a quien no voy a dejar nunca pagar por muchas veces que ponga el dinero encima de la barra, porque de las personas cercanas me preocupo por saber.

No hay nada más hermoso que pelearse, de corazón y sin la mano tonta, por pagar. El tacaño nunca podrá imaginar el placer que se está perdiendo.

Ser desprendidos con lo material no es pura pose.

Afortunadamente, entre la gente a la que quiero presumo de tener personas generosas al máximo, seguramente en caso contrario no las querría tanto.

Bárbara, Isaac, Mariángeles, David, Alberto y Marian, Helio, Marta y Miguel, Beli, Montse, Bea Vega, Javi y Cristina, mi padre…Ni qué decir de Fran.

Gente espléndida.

3 comentarios:

LEON PLATA dijo...

Original relato con una temática sobre la que poco se reflexiona. A nivel psíquico, el tacaño es un ser inseguro, dominado por miedos a granel; teme interactuar socialmente desde su propia identidad, la desconfianza ciega sus pensamientos y sentimientos. Por ello guarda su dinero en los bolsillos, en la caja fuerte; ausculta en las revistas qué banco es más seguro, todo esto para sentirse él mismo más seguro; el tacaño es en cierta forma fetichista, la acumulación de monedas colma sus vacíos; proyecta su temor a perder en sus conocidos, por tal razón ve en ellos potenciales enemigos e incapaz es de querer al amigo. El tacaño es un paranoico empedernido...

Cuánto aprecio este texto: Mil gracias.

Un saludo muy cordial Salvador.

Miguel dijo...

¿Quién no tiene un amigo, un compañero, ... tacaño en la vida?
Lo peor es cuando sacan la cartera,sobresaliendo los billetes de 50 Euros y la vuelven a guardar.

Mucha realidad en tu articulo.

Un saludo.

Miguel

Bea dijo...

Tú si que eres espléndido...y me haces vibrar con tu talento , sensible, explícito y directo. Te quiero.BV