jueves, diciembre 17, 2009

Masajes de amor

Por mi familia y mis amigos es conocido mi casi eterno dolor de espalda. Yo lo relaciono con mi época de remo, en que compartí bote durante años con un chaval a quien llamaban 'El Muerto' y del que cogí la anti-ese de su espalda a base de intentar nivelar el barco con los movimientos antisimétricos al suyo.

Los años estudiando en la Biblioteca de la Universidad tampoco ayudaron a calmar esos dolores de columna desviada.

Los mayores arrechuchos los relaciono con el susto que para mí supuso el problema de corazón que padeció mi padre y su larguísima, y tensa, operación.

Voy cambiando de fisioterapeuta, osteópata o masajista como quien cambia de pantalones vaqueros. La seducción de sus artes dura unos meses. Me envían deberes a casa para realizar todo tipo de posturas, me proponen cambiar de lado de la cama, me aconsejan pilates, natación...

En la Seguridad Social me hicieron una radiografía y me dijeron que lo que yo tenía era una pequeña desviación de columna sin mayor importancia y con una sonrisa gritaron '¡que pase el siguiente!', sin saber que el tipo al que tenían enfrente es un gran defensor de la Sanidad Pública. Snifff...

A través de mi amigo Miguel, di con la última masajista diplomada.

Llevo ya dos sesiones.

Cuando le expliqué con calma el dolor concreto que siento, dónde está situado, cómo me crujen las costillas y se me comprime todo el pecho, ella me escuchó atentamente. Puso música oriental, apagó luces, extendió gotas de aroma anti-estrés por mi pecho desnudo y me dijo que me colocase boca abajo.

Colocó sus manos sobre mi trozo de espalda dolorida y me dijo que esa zona le transmitía una infinita tristeza y muchas ganas de llorar.

¿Has sufrido alguna muerte cercana en tu vida?

Le hablé de mi madre muerta a mis 18 años.

Entonces ella me propuso un juego. Mi desesperación dorsal no podía no dejarse llevar por sus propuestas.

Mientras me masajeaba, suavemente, la espalda, me dijo que visualizara a mi madre. ¿Cómo la ves?, sonriendo -le contesté-, ¿cómo de lejos estás de ella?, a dos metros, ¿qué hacéis?, nos miramos, ¿no os tocáis?, no...

Me pidió que le hablase, a mi madre, que le dijese que la quería, y yo me agarraba a las patas de la camilla.

En ese momento me relató un cuento muy dulce, en que la Tristeza y la Rabia se iban a bañar a un arroyo. Cuando terminó el baño, la Tristeza se puso por error el traje de la Rabia.

'Eso veo en tu espalda, Salvador, tristeza y rabia que no ha podido evacuarse'

¿Hiciste el duelo debido por su muerte o lo reprimiste?; lo reprimí -le confesé.

Entonces me hizo agachar la cabeza imaginariamente y pedirle perdón por esa rabia inconsciente hacia ella por haberme abandonado. 'Ofrécele la mano, Salvador, dile a tu madre que comprendes su infinito dolor'. Yo le di la mano y mi madre me la acarició.

Mi espalda estaba relajada como nunca.

La espalda del humano más racional que conozco estaba relajada.

¿Y si fuese verdad?

4 comentarios:

Anónimo dijo...

y es que creo que el ser humano no está preparado psicológicamente para la pérdida de un ser querido en circunstancias anormales o trágicas. La pérdida de una madre cuando apenas eres un adolescente, la pérdida de un hijo...o como me ocurrió a mí,que perdí a mi mejor amigo cuando teníamos poco más de 20 años. Un amigo, que en realidad era como un hermano, con el que tenía tal complicidad, que cuando andabamos por ahí y veíamos u oíamos algo fuera de lo "normal", nos mirábamos y nos echábamos a reir, porque sin hablar, sabíamos que estábamos pensando lo mismo...

Han pasado cinco años de aquel trágico accidente de avión y todavía hay días que pienso que algún día me lo encontraré por la calle...

Heridas de este tipo, si las curamos, nos dejan una cicatriz que cuando la tocamos o la observamos nos trae al recuerdo ese dolor por el que hace un tiempo pasamos; pero si no se curan, nos dejan secuelas que podemos arrastrar durante toda la vida y que a menudo se traducen en dolencias físicas.

Tengo un amigo, Paco, que un buen día hizo una mochila y se largó a China. Estuvo allí 6 años, en los que tuvo la suerte de vivir con una familia y aprender técnicas de medicina oriental (flujos de energía, puntos de presión, acupultura, etc). No se dedica a ello, pero a su familia y amigos los cuida.
Lo conocí por un amigo común, a raiz de una contractura que tuve en el pectoral.
En la primera sesión, me pidió que me colocase frente a él, en pie y erguido.Sin decirle de qué pectoral se trataba me dijo: "pectoral izquierdo,¿verdad?".
"bingo!" dije yo.
Me preguntó si días antes de lesionarme había estado resfriado y le respondí que sí. Ahí fue cuando me explicó que cuando estamos resfriados el pecho es más débil y es más fácil sufrir esta lesión.
Tras un silencio en el que me pidió que me relajase y en el que con los ojos cerrados y la respiración más profunda que jamás he oído, pasó sus manos sobre el contorno de mi cuerpo, sin llegar a tocarme, me dijo que algo había dentro de mí que no dejaba fluir la energía.
Me preguntó si había perdido a un ser querido y le conté lo de mi amigo Fernando.
Por primera vez me sinceraba verdaderamente con alguien sobre el dolor que llevaba dentro.

Tras varias sesiones de masajes y de tertulia sobre mis sentimientos, no sólo desapareció la contractura, sino que además me dijo, que esa enegía de la que él hablaba, fluía libremente por mi cuerpo.

Como tu dices, ¿y si fuese verdad?

Rivo

Hiper-pija dijo...

Creo que el mundo psicològico tiene mucho que decir sobre el mundo racional y como no, en la medicina.Mi marido es mèdico,a
diario recibe pacientes que sòlo
quieren confesarse con èl,contarle
sus penas y que alguien los escuche.Somatizan sus angustias con
algùn problema fìsico.
Sin obviar a la ciencia,por supuesto,nunca hay que dejar atràs la fe del paciente y si uno cree
que es.....ES.
......oH no?
Interesante debate.

Anónimo dijo...

Me presento, en primer lugar para dejar constancia de mi orgullo por ser la hermana de la que ha dado ese gran masaje a tu alma y ha curado tu cuerpo, y en segundo lugar para que sepas que soy Concha, creo que te ha hablado de mi y de mi blog.

En mi opinión la gran falta de este mundo es no mirar más por nosotros mismos, a eso le han mal llamado egoísmo, egocentrismo…
Darnos un tiempo cada día para reflexionar, para cuidarnos, mimarnos, acariciarnos y decirnos cuan estupendo somos está lejos de lo que hacemos.
Dar gracias por lo que somos y tenemos, valorar el aire el sol, abrir un grifo y……..milagro, sale agua, no tengo que andar 10 kilómetros para poder llenar un cubo de agua.
Preferimos ver la vida de los demás, criticar todo aquello que desearíamos hacer y no somos capaces, etc.
Es bonito cuidarnos y ayudarnos o buscar que nos ayuden y nos acorten los caminos para conseguir lo que a mi entender es una obligación, ser felices, y ser felices es tan fácil como simplemente decir serlo.
Un beso, Concha.

Salvador Navarro dijo...

Muy hermoso, Concha...