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viernes, julio 17, 2009

Túnel bajo el Louvre

Tuve la fortuna de trabajar tres años en París. Desde un principio tuve claro que sacrificaría la comodidad de vivir junto a mi lugar de trabajo, en las afueras del oeste de la ciudad, por la calidad de vida que supondría hacerlo en el centro. La empresa me ayudó, de forma que me decidí por un pequeño apartamento en el Boulevard de Port Royal, a escasos cien metros de los jardines de Luxemburgo.

Mi ritmo vital había cambiado de golpe. A la avalancha de información en todos los sentidos que suponía la ciudad, a la oportunidad de expresarme en otra lengua y de viajar con facilidad por el centro de Europa, de conocer otras gentes, de disfrutar de fines de semana paseándome las orillas del Sena, se unían otras particularidades menos agradables.

Llegar al trabajo me suponía 45 minutos en coche la ida (no había combinación de metro posible) y más de hora y cuarto la vuelta (con suerte). Pasé por todas las fases de desespero, respiración profunda, cursos de inglés en CD, revistas para aguantar los parones… hasta que mi cuerpo se hizo. ¡Echaba tanto en falta los cinco minutos que necesitaba para llegar al trabajo desde mi casa sevillana!

Probé todas las rutas posibles. Por las autopistas exteriores, por el periférico, entrando por distintas ‘portes’, sumergiéndome en las calles del centro… Decidí que la mejor opción era entrar por la Porte Saint Cloud y tomar la voie Georges Pompidou, una vía rápida que transcurre por la rive droite del Sena. En un momento dado subía hacia el puente del Alma y en la plaza de la Concorde me unía a la confluencia de la avenida proveniente de los Campos Elíseos.

Ahí llegaba el nudo gordiano de mi historia.

Para poder acceder al túnel que me permitía desembarazarme del atasco, un gran pasadizo de varios kilómetros que discurría paralelo al Louvre, tenía que hacer lo posible por encontrar huecos que me permitieran pasar del carril más derecho, del que yo provenía, a justo el otro extremo de esa inmensa avenida.

Peleaba, a diario, con el malhumor parisino (expertos en no hacer sonar el claxon pero a desgañitarse con maldiciones desde el interior de sus coches). Pero conseguía llegar, casi siempre, al túnel que me llevaba a las puertas de mi casa.

Entonces me daba por reflexionar sobre el alma humana.

Observaba un porcentaje altísimo de conductores que suplicaban por que les hicieran un hueco en su intento de entrar en la fila afortunada del túnel pero, una vez allí, maldecían, chuleaban, impedían a toda costa que ningún otro conductor entrase en tan mágico pasadizo.

Yo observaba y lamentaba el profundo egoísmo humano.

El túnel del Louvre es paradigma de la condición humana. Cuando se trata de pedir… y cuando se trata de dar.

2 comentarios:

nosequé dijo...

¿Será que el diabólico invento de cuatro ruedas y un volante, convierte a las personas en lo que de verdad son?
Por eso no tengo coche ni pienso.
¡Bendito metro!

LEO MARES dijo...

Buena reflexión y buena comparación. Siempre me ha llamado la atención, incluso cuando era conductor, la manera en que una persona se convierte en otra cuando tiene un volante en las manos. Es aterrador la violencia que emana del rostro de algunos. En breve nos vemos. Un abrazo