domingo, octubre 04, 2009

La Gratomat

No sé si era exactamente así como se escribía el nombre del fabricante de una de las numerosas máquinas que teníamos en la fábrica donde trabajo.

Ésta servía para quitar las rebabas de acero a una pieza de la caja de cambios, el planetario de tulipa, con una estructura muy rudimentaria: Tres potentes trompos actuaban al unísono, a muchas revoluciones y sincronizados, para ‘pelar’ los bordes de esta pieza.

El artefacto en sí daba muchos problemas. Generaba tanta viruta que ésta se depositaba en la base, donde se situaban el motor y una reductora que caían averiados más veces de lo aconsejable.

Era el terror de los mecánicos. Tener que entrar debajo de la Gratomat a reparar sus mecanismos. Por mucho que se protegiesen, salían llenos de ‘pinchos’ de acero clavados por todos lados.

Como decía uno de los encargados de Mantenimiento de la época: ‘Yo sé cuál es la solución para la Gratomat’.

‘Tirarla al Guadalquivir’.

El tiempo pasó, la tecnología evolucionó y ahora las piezas vienen con un nivel de calidad que no necesitan de ese ‘pelado’. Adiós a las virutas.

Recuerdo por entonces a un mecánico muy gordo, todo barriga. Recuerdo los turnos de noche que me tocaba compartir con él.

Pasaba esas noches contándome historias divertidísimas de su matrimonio. Al parecer su mujer era tan delgada como él gordo. Me hablaba de sus paseos con ella por el barrio, de las comidas que le preparaba, de sus vacaciones en la playa, mientras se comía unos bocadillos inabordables para otra persona que no fuese él.

Ese hombre, que ya no trabaja en la fábrica, era un personaje de sainete al estilo de los que aparecen en las obras de Manuel Machado. Cada vez que la Gratomat se estropeaba y le llamaban se ponía lívido y casi se le quitaba el hambre. Me decía entonces que le esperaba una larga mañana con su mujer quitándole la virutilla de los dedos con una pinza.

Esas noches en que tenía que meter su barriga entre los entresijos de la máquina terminaban con una llamada de timbre a eso de las ocho de la mañana en su piso de Pino Montano.

Su mujercita de 40 kilos le abría, él subía las manos, con dedos como erizos y ponía cara de puchero. Ella colocaba los brazos en jarra y le gritaba con voz de pito:

-¡Ay, niño! ¿Otra vez la Gratomat?

1 comentario:

nosequé dijo...

Creo que recuerdas aquellas noches, y que las tienes guardadas en el cajón de las buenas noches.
Una máquina indeseable y una pareja amorosa.
Al ingeniero le pondremos de contador de historias.

Fdo. Cascarrabias