jueves, noviembre 19, 2009

Cyrano

Presenciar un espectáculo de ópera puede resultar snob, clasificarse de cultura elitista, minoritaria, de pijos, se puede calificar de tostón, de anticuado, de sibarita… Entiendo que es un lujo que no todo el mundo puede permitirse, pero yo sé dónde sí quiero gastarme los euros.

La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.

Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?

Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.

Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.

Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.

Venir del simio y llegar tan lejos.

Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.

¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?

Sí.

Que no te guste no implica nada, supongo.

Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.

A vueltas con mis prejuicios, seguramente…

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