sábado, mayo 23, 2009
Tiempos eternos
viernes, mayo 22, 2009
Estrategia diaria
lunes, mayo 18, 2009
Ser de izquierdas
Con la iglesia hemos topado.
Hay mucha gente que critica el hablar de izquierdas y derechas. Todo se mezcla, ya no hay fronteras, son estigmas del pasado, ya no hay principios políticos…
Yo, en cambio, me reivindico de izquierdas. Sin ambigüedades ni tapujos. De izquierdas.
¿Qué entiendo yo por ser de izquierdas?
Ante todo, un principio básico. El convencimiento de que los seres humanos no pueden ser tratados todos por igual.
‘Horror, ¡Eso es lo contrario al socialismo!’
No. A quien realmente es de izquierdas, le preocupa un mundo en que se sabe que no todos tenemos las mismas capacidades (intelectuales, físicas, emocionales, económicas, culturales…). A mí, como persona de izquierdas, me gustaría pensar en una sociedad que apoya con los recursos necesarios a quien no puede llegar.
¿En qué baso este razonamiento? En mi propia experiencia.
Sé que soy un ser privilegiado. He vivido en una familia de clase media, he recibido unos estudios universitarios, he tenido la capacidad de sacar una ingeniería adelante, tengo un gran trabajo y una nómina más que decente a fin de mes.
Una persona de derechas diría, y su razonamiento sería perfectamente respetable: ‘Tú te lo has ganado y tienes todo el derecho a disfrutar de tu esfuerzo’.
Yo, que vivo con gente a mi alrededor que, no por ser menos válida que yo, no ha llegado tan lejos, voto izquierda. Quiero que mis impuestos sean importantes porque considero que hay que apoyar a quien no tiene la fuerza, el intelecto o las ganas de vivir con las que yo he nacido. Esas cualidades, en un gran porcentaje, me han venido dadas.
El votante de derechas cree en la compasión como base de las políticas sociales, el de izquierdas cree en la justicia social.
Como buen demócrata entiendo que son necesarias las dos corrientes en un mundo civilizado. Los extremos son peligrosos. Una política exclusivamente de izquierdas, sin el contrapeso de una fuerza de derechas, tendería a sacar el lado perverso del ser humano, haciendo flaquear las bases del esfuerzo personal para conseguir manejar nuestro futuro.
Soy de izquierdas porque quiero una sociedad progresista, porque creo que hay que apoyar de forma especial a la mujer al estar en desventaja, porque hay que desterrar intolerancias contra los grupos minoritarios, porque no entiendo de nacionalismos basados en banderas, porque mi sociedad anhelada es multicultural.
Ser de izquierdas es no creer en herencias, ni en posiciones de privilegio. Cada cual debe tener las mismas oportunidades y, al que realmente le cuesta trabajo tirar del carro, ayudarle.
Una sociedad generosa con los débiles.
domingo, abril 26, 2009
Educación de base
En nuestra sociedad a veces se dan mensajes políticamente correctos pero, a mi entender, desacertados de raíz.
Se habla, por ejemplo, de la violencia de género como algo que ocurre por igual en todos los estratos sociales, que no hay distinción estadística en función del nivel cultural de los implicados.
Y no es verdad. Ni lo puede ser ni lo es.
No es el mío un discurso clasista o de alguien que vive en una nube desde la que no se ve la calle.
Cuando vemos las cifras de los asesinatos machistas nos damos cuenta que la proporción de emigrantes es altísima, la de barrios miserables también.
Asesinos machistas sin escrúpulos hay potencialmente en cualquier lado. No pienso que haya en los genes de ningún hombre tendencia a despreciar a las mujeres, a maltratarlas, a condenarlas en vida a un continuo bombardeo de mensajes desmoralizantes.
Es cierto, sin duda, que hay personas que por muy buen entorno en que hayan crecido siempre serán malas malísimas. Pero hablamos de excepciones.
Si pasas tu infancia rodeado de familiares que tienen el mal gesto como rutina, que no saben lo que es un periódico y se jactan de ello, que no respetan un letrero indicativo porque no se preocupan de leerlo, que no dan las gracias cuando te sirven un café, que tiran los papeles al suelo o escupen como animales, si creces en un ambiente donde la única meta es sobrevivir para ganar dinero fácil, sin escrúpulos, donde no se valoran los afectos ni dan importancia a la educación de los críos porque se considera que estudiar es perder el tiempo, se están plantando las semillas para crear un ser indolente, despreocupado, insolidario, desclasado, retrasado respecto a los valores mínimos exigibles a la sociedad, acomplejado y peligroso.
Así, desgraciadamente, hay muchas personas en mi querida España. No digamos en el mundo.
En nuestro país durante muchos años hemos visto gente analfabeta funcional soltando billetes de 500 euros y riéndose de ti por depender de una nómina, vemos niñatos cuya única preocupación es ponerse hasta arriba de alcohol en descampados los fines de semana, encerrados en conversaciones que lo máximo a lo que llegan es a comparar el precio de sus camisetas de marca.
Ahora vienen estos lodos. Se crea a la fiera y nos asustamos cuando no conseguimos amansarla.
En determinados barrios el único objetivo de una cría de quince años es echarse un marido que la mantenga, porque no le han enseñado que pueda servir para otra cosa. Las pintan como puertas y las sacan de las escuelas en cuanto pueden para ponerlas a trabajar en casa.
Sé que es complicado lanzar este mensaje, pero se ven muchos menos asesinatos machistas en familias de clase media, donde la educación está estructurada.
El reto de esta sociedad es la educación, la formación, enseñar a conversar, a apreciar al otro, al diferente, la tolerancia. Hay violencia de género en Suecia, seguro, pero cierto es también que es la vigésima parte de la existente en Bolivia, la centésima parte de la de Camerún.
Luchar contra el maltrato es transmitir valores, crear disciplina, comunicar la importancia de leer, aprender, practicar, escuchar, respetar.
Cuando los valores son cuántas cadenas de oro tengo colgadas al cuello o lo bonito que es mi coche verde fluorescente tuneado, mal vamos.
¿Criminaliza mi discurso a los barrios obreros? Nada más lejos de mi intención. Mi razonamiento es un grito a esta sociedad para que sepa configurarse de modo que asegure la oportunidad de igualdades, una educación gratuita y de calidad, en que se ejemplarice con conductas nobles, no con mangantes, chuletas y caricaturas de la prensa rosa.
domingo, abril 19, 2009
Aprender a escribir
miércoles, abril 01, 2009
El Muerto
‘Tú te vienes, lo pruebas y, si te gusta, te apuntas’. Me llevé ocho años y llegué a participar en finales de campeonatos de España.
Haber estado tantos años haciendo remo en la adolescencia ha tenido su parte positiva, mi despertar a la vida, el amor al deporte, la pérdida de la timidez, el valor del esfuerzo… y su parte negativa, una escoliosis (desviación de columna) que hace que haya días en que reviente mi dolor de espalda sentado en mi despacho frente al ordenador.
En esa época en que yo hacía remo en el Guadalquivir, hubo un par de temporadas en que me asignaron un doble scull (un barco fino y largo, preparado para dos remeros con dos palas cada uno) y me colocaron de pareja al ‘Muerto’. Era un chaval de mi edad, simpático y siniestro, que cada vez que daba una palada movía el cuerpo como el hijo de Frankenstein. Yo, para nivelar el barco, tenía que hacer el mismo movimiento que él pero en sentido contrario. De ahí mi ‘S’ en la columna. Debo tener la ‘anti-S’ del ‘Muerto’. Mi espalda debe ser el negativo de su espalda.
Remar era un placer. No sólo el rato grande que pasábamos los fines de semana oyendo las campanas de la Giralda a las ocho de la mañana mientras rodeábamos el puente de Triana, sino los ratos disfrutados recibiendo el sol mientras sudábamos y sentíamos el ruido de cada palada, agua inabarcable a nuestro alrededor, las palmeras de chocolate y los xuxos de luego, los entrenamientos de lunes a viernes, las sesiones de pesas, la cultura del sacrificio, el compañerismo de pensar que nuestro éxito era el éxito de los demás.
A veces, cuando en ese movimiento repetitivo de ir hacia delante y hacia atrás, repetido hasta la saciedad, perdía la consciencia del por qué, llegaba a marearme y perder el equilibrio. Una metáfora de la vida. Llega un momento en que lo que se da por supuesto deja de ser razonable y todo se te desmorona. Remar era mecánico mientras no te lo planteases. En el momento en que te lo planteabas, en mitad del Guadalquivir, perdías el equilibrio.
La otra tarde, en una de las sesiones de fisioterapia para aminorar los dolores de la escoliosis, la chica que me trata tomaba mi cabeza entre sus manos, me pedía un relajamiento total, sentir la desconexión de la cabeza del tronco, mientras me movía con rapidez a veces, suavemente otras, la cabeza como si fuera una pelota de balonmano, como una bola de cristal.
En esos instantes mi bola de cristal ha soñado con no ser hombre, con no ser persona, con ser algo distinto. Con ser.
He creído en la posibilidad de volar. Cerrar los ojos y volar. No físicamente. Simplemente sentir que era posible no tener dos piernas, no tener cabeza, no tener sexo. Existir de otra manera. Creer en un mundo que no sería mundo, en seres humanos que no serían humanos, dejar atrás las definiciones, perder el ritmo de la palada y sentir que otra realidad era posible. Sin física, sin carne, sin dolor, sin dinero, sin gusto ni tacto ni rencores ni malicias ni reproches.
Otra realidad en que volemos fuera de vanidades y egoísmos.
Perder el equilibrio, el ritmo de la palada y volar.
martes, marzo 31, 2009
Los muertos del Papa
martes, marzo 24, 2009
Mis Galias
En mis principios más consolidados está el no dar valor a las fronteras en tanto que divisoras de seres humanos. Por muy naif que suene, las banderas, los territorios… no pueden ser más que anécdotas en lo que respecta a la esencia del ser humano.
Todo esto no quita para reconocer lo que supone caracterizar a un pueblo en función de su historia, de su lengua, de particularidades culturales, de comportamiento.
Francia para mí supone conversación en cenas largas, implica poner en duda todo. Francia es un merci, un desolé, un s’il vous plaît y un pardon. Es educación y elegancia. Es la declaración de los derechos del hombre, son casas con grandes muros de piedra y áticos de pizarra. Es Marie Curie y Pasteur, es la Revolución y el fin de privilegios aristocráticos sin sentido. Es cine de autor, es Flaubert y Maupassant, es Voltaire y Rousseau. Son paisajes en verde y dolor por guerras destructoras construyéndose a sí misma en el corazón de Europa.
A Francia entré con dieciocho años haciendo interrail, sorprendido por la majestuosidad del Garona atravesando Burdeos. Recuerdo una señora mayor dando de comer a un caniche en la mesa de un restaurante.
París fue el gran impacto. Soñaba, siendo un adolescente, poder tener la oportunidad en el futuro de vivir mi madurez en esa ciudad en que se respiraba belleza en cada rincón. La vida es tan azarosa (o no) que me dio la oportunidad quince años más tarde. De París me quedo con los jardines de Luxemburgo las mañanas de los domingos, los cafés de Saint-Germain, las creperies de la rue Mouffetard, los mercados al aire libre en Bastilla, las copas por Oberkampf, los paseos con un libro por el cementerio de Pere Lachaise, la vida cultural de Montparnasse, el metro de Abesses, la place des Vosges de Víctor Hugo, el rompedor Beaubourg y su monumento a la maceta, el Louvre de los egipcios, de las grandes pinturas francesas, de los Murillos sevillanos.
El trabajo me hizo pasar muchas noches durmiendo junto a la imponente catedral de Rouen; con las visitas de amigos pude conocer Honfleur, en la costa normanda, o viví noches de amor en el Mont-Saint-Michel. Los fines de semana me permitieron visitar con calma la catedral de Chartres, primer esbozo universitario en época medieval. El Estrasburgo peatonal y su gran museo de arte contemporáneo, la gran Place del Capitole de la ville rose de Toulouse, las universitarias Caen y Valenciennes, la bulliciosa Lille, las soberbias catedrales de Amiens y Orleans, la vieja ciudad de Limoges, la frívola Niza, los coquetos castillos del Loira rodeando a Blois y su castillo de Francisco I.
Como español tengo necesariamente prejuicios heredados. Ellos nos invadieron, ellos nos desprecian, tiraron la fruta de nuestros camiones en los años ochenta, son soberbios, son distantes, no se lavan, se manifiestan contra todo y contra todos…
Como ciudadano del mundo tengo muchos menos monstruos en la cabeza y sé apreciar la grandeza de una Francia protagonista indiscutible en el devenir del hombre hacia un futuro cimentado en la cultura, en el respeto al otro, en el saber escuchar.
Vive la France!
miércoles, marzo 04, 2009
El placer del lector
Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con el que nos cruzamos por cualquier calle.
Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.
Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.
Mis hermanos se ríen de ese período de mi vida, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.
Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.
Pero yo leía.
El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, ‘Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol’, Julia O’Faolain me comentó que ‘cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien’; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba ‘que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...’ mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, ‘¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!’. Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, ‘Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo...’ afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, ‘la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá’.
Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, ‘En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno’, pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: ‘El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos "felicidad" no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos’. Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que ‘nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros’. A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, ‘la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’. ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, ‘¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?’. Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, ‘...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio’ o de nuevo Kundera, ‘el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir’.
El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, ‘El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo’ que no sabría definirlo mejor. Quizás Amélie Nothomb, cuando me escribía 'Sería bueno acudir a las exposiciones así, por casualidad, con toda la ignorancia posible. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta'.
Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, ‘en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla’.
Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Mika Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda… Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.
He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé cómo los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y he ayudado a sanar gente.
Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster ‘es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida’.
Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.
jueves, febrero 26, 2009
Madrid
En toda visión se juntan historias subjetivas que no siempre se pueden racionalizar. Mis primeros encuentros con la capital fueron dramáticos. A mi madre le trataban de un cáncer terminal allí, buscando un milagro no posible en Sevilla, en Madrid ni en ningún otro lugar en esos años ochenta en que un adolescente descubría los entresijos del sexo, las relaciones humanas y amorosas, viviendo una situación tan cruel como era ver a su madre de cuarenta y tantos años morir poco a poco.
De entonces recuerdo los paseos por el Retiro en tardes-noches veraniegas de mucho calor.
Conocí luego el Madrid de las visitas culturales organizadas, el de las noches de alcohol tomando cervezas carísimas que sabían de muerte, el de los encuentros a ciegas. Viví una desastrosa historia de amor con alguien de allí. En todos esos períodos, en cada viaje, encontraba un hueco para patearme la ciudad, recorrerme a solas sus museos, los centros comerciales, atravesando avenidas repletas de coches pitando. ¡Qué agresivo me resultó Madrid desde la primera vez!
Agresivo, desordenado, con muchas cuestas, barrios desangelados… Pero nunca extraño. No puede resultar extraño Madrid a un sevillano. Sentirse huérfano allí no es probable.
Con el tiempo he ido apreciando la belleza dura de una ciudad muchas veces vilipendiada.
Este pasado fin de semana estuve allí. El domingo desperté con ruidos de Carnaval y me fui a desayunar por la Gran Vía. Cuando salí del café, el sol de invierno daba de lleno en la fachada del edificio de Telefónica. Estampa que retendré para siempre. Grandes edificios blancos señoriales de una ciudad que no resulta indiferente.
El problema de Madrid es intentar imponerlo como modelo en un país tan diverso, es hacer que todas las vías, los vuelos y los trenes pasen por allí, que la vida cultural de España parezca sólo la suya, que las series de televisión siempre se sitúen allí, con lo que podríamos ganar con una ‘Aída’ viviendo en un barrio de Las Palmas, con un programa cultural semanal desde Santiago de Compostela, con un Ministerio de Fomento en Barcelona y uno de Turismo en Málaga. España es muchísimo más que el Real Madrid, que las cuitas de Esperanza Aguirre, que los entresijos de politiquería tramados en diarios madrileños. Somos un país de idiomas diversos, de distintas lenguas, al que le gustaría seguramente un Madrid menos ‘carca’.
Yo quiero un Madrid canalla, alternativo, fuerte, que me acoja siempre con el cariño de quien es la capital de un país moderno, sensato y acogedor.
Me gusta Madrid y me considero, por tanto, con derecho a opinar. Hay amores que matan.
jueves, febrero 19, 2009
Decisiones acertadas
Lo que hoy somos se ha ido conformando a partir de elecciones vitales, más o menos transcendentales, que nos llevan al lugar que hoy ocupamos, al bienestar que disfrutamos, la estabilidad emocional, los vínculos amorosos, amistosos, familiares, nuestra situación laboral, anímica, el nivel de autoestima.
Es cierto que las decisiones desacertadas van llevando a las personas a una espiral menos controlable cuanto más desacertadas son éstas y más abundan.
Tengo gente cercana a la que quiero que desespera por no encontrar su lugar en el mundo, porque, sin ser malos, han tomado decisiones dejándose llevar por la soberbia, por la avaricia, por el placer inmediato, por el qué dirán, por la falta de autoestima…
Difícil distinguir a veces la fina frontera entre lo acertado o no. La vida siempre pide más comida, más madera, siempre nos pone a prueba, continuamente tenemos que dar pasos. Y avanzar hacia un lado implica no haberlo hecho hacia el lado contrario.
Todos hemos dado pasos equivocados llevados por nuestras miserias. El problema es cuando estas decisiones se encadenan en un no ir a ninguna parte porque no se tiene rumbo ni criterio.
En cambio, cuando tu parte sana te guía la vida se vuelve plena. Nada mejor que sentirse querido porque realmente te entregas sin condiciones a la gente que amas, que avanzar en el trabajo a base de ser brillante o de intentarlo, no por maquiavélicas estratégicas…
Dar por el placer de dar, no por esperar nada a cambio.
Cuando se entra en esa dinámica utópica todo rueda redondo.
Es difícil librarse de las mezquindades que nos guiñan el ojo, pero hay que intentarlo.
Que las ilusiones no se cuantifiquen en euros es una condición necesaria, no suficiente, para ser feliz. Y esas ilusiones construyen el camino que nos vamos marcando.
De las espirales malas se sale también, claro que sí, pero cómo pesan las decisiones equivocadas…
lunes, febrero 16, 2009
Susana
Hace pocas semanas Susana me escribió un correo impecable, extenso y con diferentes lecturas. En los últimos quince años nos hemos visto muy pocas veces.
En su correo desgranaba los tipos de amistades en que ella clasifica a las personas con las que ha ido compartiendo su vida. Me encuadraba, para mi alegría, en aquel sector de personas que aún sin verlas las consideras cercanas.
Alababa en su e-mail mi coherencia respecto a mi visión de la vida y las personas, en lo referente a mi actitud política o social. Criticaba, en cambio, mi parcialidad excesiva y mi dificultad, a su entender, para ponerme en la piel de aquéllos que viven otras vidas, otros modelos de familia, más clásicos (y más ‘bendecidos’ por la sociedad, agrego yo). En su correo no me pedía nada, no me ofrecía nada, no había citas futuras ni confesiones íntimas, no me hablaba de sus hijos ni de su marido, ni de su situación laboral ni de su día a día.
A Susana la conocí en la época del bachillerato, como novia de un buen amigo. Pertenece al selecto grupo de las personas que no te dejan indiferentes, que suelen coincidir con aquéllas que son sensibles, buenas conversadoras (tanto en el hablar como en el escuchar) y generosas.
Asistí a su boda, seguí con cierta cercanía los primeros pasos de su niña (que el otro día vi ya casi más grande que ella) y nos fuimos alejando poco a poco.
Los dos sabemos que la vida toma esas direcciones, como autopistas que más o menos van trazando nuestro recorrido y de las que a veces nos resulta difícil escapar. Hubo un momento en que la suya le llevó al este y a mí al oeste.
Alejados tantos miles de kilómetros de distancia, Susana me escribió un e-mail desde mi misma Sevilla, una ciudad que vivimos con ojos tan distintos que parece que sean dos territorios enfrentados, para decirme que ella está ahí, que me ve coherente, pero parcial, que me tiene entre las personas cercanas y que la vida, al otro lado de esa barrera invisible que se construyó a nuestras espaldas, puede ser igual de plena e interesante.
Un beso, Susana.
sábado, febrero 14, 2009
Un paso más
La prepotencia ha sido uno de estos grandes valores, fomentados por el dinero fácil y las ansias de tener (no de ser).
Tal vez no estemos asistiendo a ninguna ruptura brutal ni a un cambio de mentalidad. Nos hace falta perspectiva en el tiempo que, casi con seguridad, no tendremos los que ahora estamos vivos para saber cómo de grave es esta incertidumbre actual, pero sí me gustaría que de aquí sacásemos algunas enseñanzas que, en muy pequeñas dosis, aparecían en distintos puntos del planeta en los últimos años.
Ese aprendizaje vendría caracterizado por la palabra humildad.
¡La humildad es de los tontos!, oí hace muchos años a un profesor de universidad.
No es docilidad de lo que hablo, sino de nobleza, de modestia, de saber hablar colocando un ‘yo creo’ delante, sin sentar cátedra. La humildad a la que me refiero no está reñida con la ambición bien entendida y las ganas de construir proyectos, pero sí choca con la vanidad de quienes se creen en otro escalón por cualidades que, incluso, pueden haber merecido por su esfuerzo.
Llegamos con este discurso al eterno dilema de si el hombre evoluciona en positivo o está condenado a darse cabezazos con sus propias miserias por los siglos de los siglos.
Soy de los que piensa que no, que el ser humano crece hacia lo bueno. Vivimos, aunque duela reconocerlo a la vista de las calamidades, guerras y hambrunas que padecemos, en el mejor de los mundos desde que el hombre es hombre. La Declaración de los Derechos del hombre era impensable en la Edad Media, una seguridad social universal en España no era imaginable hace un siglo, las leyes que reconocen su sitio a los marginales; sabemos que el número de personas con estudios nunca fue tan amplio en el mundo y lo es a cada minuto más.
Todos estos avances son posibles porque el hombre mejora, reconoce sus puntos negros y trata de organizarse para irlos reduciendo a cero. Quedan miles, millones de años para conseguir una sociedad en que el respeto al otro sea la principal Constitución. Una única para el hombre y la mujer, sin países, sin banderas.
Me gustaría soñar que esta crisis es un paso más en ese largo caminar hacia un mundo distinto. Este paso que estamos dando sería básicamente ‘el de la humildad’, tal vez…
domingo, febrero 08, 2009
Cinismo a la italiana
Tener como gobernante a un tipo como Berlusconi justifica de por sí mi sorpresa.
¿Cómo una sociedad civilizada y culta puede elegir a semejante payaso para dirigir un país? Un fascista, machista, retrógrado, de chistes fáciles y denigrantes, contra los gitanos, contra la inteligencia de la mujer, del homosexual, del que no piensa como él.
Que el Vaticano acuse al padre de Eluana de ‘criminal abominable’ no me sorprende. Mi respeto por las decisiones de la Iglesia Católica se limita a escribir estas dos palabras con mayúsculas, poco más, pero que un Presidente de un país civilizado de una Europa culta en pleno siglo XXI monte tal opereta para que no desconecten a una chica que lleva desde 1992 en estado vegetal, con el cerebro en estado de necrosis desde 1993, es simplemente inaceptable.
¿Quién puede querer más a Eluana que su padre?
¡Qué falta de respeto!, ¡qué lejos de saber enfrentar la vida tal y como es!
Por la vida de Eluana, dicen, para que siga viviendo. Es el culmen de la hipocresía basada en argumentos populistas, infantiles, demagogos.
La pena es que es el pueblo italiano, donde el integrismo católico se palpa en cada paseo, sea responsable de este tipo de elecciones.
No puedo tener respeto por un miserable como Berlusconi. Nunca respeto por gente así. El mundo necesita desquitarse de la maldad, de la chulería, de la incultura y el insoportable tufillo a fascismo que desprende este mamarracho.
martes, enero 27, 2009
La vida y la muerte
Esta mañana me he levantado con un mensaje suyo. Su padre había muerto, tras una larga enfermedad, un cáncer destructor.
Hoy mi mente estaba con él.
A un padre sólo se le pierde una vez en la vida, por muy prevista que esté su muerte. Tal vez a estas horas ya esté en el hospital con una nueva criatura en sus brazos. Es seguro que Paco no olvidará estos días.
En esto consiste todo, aunque pocas veces se nos presenta tan diáfano.
El otro día leía a la cantaora Carmen Linares. Hablaba de su madre, cómo con 84 años le dice que el tiempo pasa tan rápido que parece que todo ocurrió ayer.
Ante tal chaparrón de vida y muerte creo que la mejor postura es la más inteligente. Mucha vida. Vivirla con fuerza mientras la tenemos. Nos la pasan y la pasamos. Vivirla es el reto. Aprender del que se va, enseñar al que viene, compartir. La clave para enfrentar el chaparrón puede resultar muy cursi, pero para mí no es otra que el amor. Como diría Puccini en la escena final de Turandot.
He averiguado tu nombre. Amor.
lunes, enero 19, 2009
Resistencia
Hace ya más de dos años que hablé en este mismo blog de Román Sudupe, antiguo dirigente del PNV y Presidente de la Diputación de Guipúzcoa.
Este pasado viernes tuve el honor de que él presentase mi reciente novela en San Sebastián. Según me contaba Txema, cuando se le propuso, dio su ok sin el más mínimo reparo.
En el momento de los agradecimientos, en que yo alababa el altruismo y generosidad de mis amigos Txema y Paula, en todo lo concerniente a la organización del acto en sí, al yo relacionar esas actitudes desprendidas con el verdadero sentido de la felicidad, Román tomó el micro para recordar al filósofo danés Kierkegaard. ‘’ La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más’’.
Rato después, mientras almorzábamos en el Nagusia Lau, comenzó a hablar con mi amigo Helio de Viktor Frankl, el psicoterapeuta judío que explicaba cómo los que tenían más oportunidades de sobrevivir al holocausto alemán eran aquellos que tenían una meta, una ilusión más allá de esas rejas asesinas.
Yo había llegado de Sevilla acatarrado y, tras la tensión del acto de presentación en sí y cuando todos estábamos sentados en el restaurante, noté que me subía la fiebre, era incapaz de probar bocado. Entendí que no era apropiado retirarse.
Román nos habló de Zorba el Griego y el Grito de la Materia, de Erich Fromm y El Corazón del hombre, del sentido de la vida tras la muerte, de cómo nuestra materia se integra en la materia que nos transciende y del rastro que dejamos en nuestros semejantes, en que vivimos mientras nos recuerden, en cómo podemos ‘hablar’ con los que ya no están.
De vez en cuando me miraba y me decía: ‘Salva, resistencia’. Se aprieta los dientes, se aguanta la fiebre y se resiste.
Esa misma tarde me di un paseo por San Sebastián, entré en la librería Lagun y compré un libro de Erich Fromm, El Corazón del hombre. Ya casi lo estoy terminando. Habla de las personalidades necrófilas y de las amantes de la vida (biófilas). De amar en lugar de querer:
‘…el biófilo no vive en el remordimiento y la culpa, que no son, después de todo, más que aspectos de la aversión a sí mismo y de la tristeza. Se orienta rápidamente hacia la vida y procura hacer el bien…’
‘Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo todo los que sirve a la muerte. Bueno es la reverencia para la vida, todo lo que fortifica la vida, el crecimiento, el desarrollo. Malo es todo lo que ahoga la vida, lo que la angosta, lo que la parte en trozos. La alegría es virtuosa y la tristeza es pecaminosa’.
Eché en falta a Mariángeles, una gran amante de la vida que hubiera disfrutado como una cría con este gran seductor, culto, profundo, campechano y generoso que es Román Sudupe.
domingo, enero 11, 2009
Emociones caducas
Cada persona tiene estampas fijas de emociones intensas.
En unos de mis viajes a Turquía compré un tarro de un perfume olvidado en el tiempo que, al abrirlo, me hizo volver tantos años atrás, que paseé junto al mar del Mármara henchido de una melancolía que me llenaba.
Con dieciocho años llegué por primera vez a París, en tren, con dos amigos del colegio, con una mochila a la espalda. Cuando bajamos en la estación de Austerlitz en una ciudad que despertaba a las siete de la mañana, recuerdo que hicimos un trayecto largo, equivocado, a pie hasta Place d’Italie, confundiendo el paso hacia el centro. En las farolas había colocados carteles que anunciaban un concierto de Madonna en Bercy. Yo no sentía el peso de la mochila, ni el sueño de una noche de paliza en tren. Yo, literalmente, flotaba.
En 1984 leía a George Orwell tirado en la arena de la playa con Mariló a mi lado. La novela era 1984. Ella leía un párrafo, yo el siguiente, ella después hasta el próximo punto y aparte. Después yo. ¿Podía ser más hermosa la vida?
La primera vez que tuve sexo recuerdo volver a casa de mis padres, una noche fría, dando gritos desde mi vespa al aire de Sevilla por la avenida de la Palmera.
La puerta del ascensor que se abrió en el Virgen del Rocío para ver por vez primera a mi sobrino Iván en los brazos de mi hermana Raquel; el día que llegué de unos campeonatos de España de remo y me esperaba mi madre con unas zapatillas de deportes nuevas, a pocos meses de morir; el momento de verme en la lista de aprobados de Mecánica de Fluidos, cuando realmente fui consciente de que podría ser ingeniero; la aparición sorpresiva de Montse en la presentación de mi última novela; el abrazo de mi padre tras confirmarme por teléfono Renault que me había fichado; la conversación con Mariángeles en el Café Europa; la primera llegada de Fran a Orly.
¿Por qué, con el tiempo, pienso que las emociones se hacen menos fuertes?, ¿qué hace que nos vayamos haciendo más duros al entripado que produce la felicidad de los momentos puntuales?, ¿por qué el olor que antes nos llevaba al cielo ahora nos resulta casi indiferente?
Entiendo que el descubrimiento de la vida va acompañado de esos momentos cumbre de felicidad en que nuestra sensibilidad se pone a flor de piel.
¿La madurez implica pérdida?
Es posible que el ser humano esté concebido de ese modo, que la experiencia vaya instalando en nosotros una costra de dureza menos receptiva a las emociones explosivas que creemos que no volverán. En cambio, siento que con los años el bienestar personal crece, quizás porque vamos comprendiendo las claves. Sería duro ir viendo acercarse nuestro final y mantener la misma capacidad de asombro y de ansias de comerse el mundo. La felicidad se define en otros parámetros.
Soy de los que creo que con el tiempo se gana. Puedo recordar momentos de emoción inmensa cuando yo era un niño o un adolescente, pero si apago la luz y echo la vista atrás, yo no era una persona feliz, las inseguridades, los miedos, los complejos eran tan fuertes que tal vez por ello reforzaban la grandeza de los pasos adelante.
Con los años crece la experiencia y con ella debe venir la palabra justa, la comprensión amplia de las cosas, de las personas, la sabiduría, la calma, las risas sentidas, los abrazos sinceros.
Emociones de más calidad.
viernes, enero 02, 2009
País...
Durante años siempre he salido de trabajar a las tres de la tarde, por lo que si quiero ver el telediario en casa, siempre lo cojo empezado.
No podía imaginar, en estos días que tengo tiempo para preparar la comida con la tele encendida, hasta qué punto podía llegar el mal gusto, la falta de cultura, de ética profesional y de miras de futuro de nuestra televisión pública española.
Al parecer, los españolitos que estamos a la espera de que empiece el telediario de las tres de la tarde tenemos que tomarnos el aperitivo tras una cámara en las inmediaciones de una casa familiar de Ubrique, que además tenemos que saber que se llama Ambiciones, que allí vive una familia que se llama Janeiro, cuyo mérito para salir a esas horas de máxima audiencia es… perdón, esa parte me la perdí; tenemos que almorzar entrándonos por los oídos las declaraciones groseras de una mujer que se casó con un torero del citado pueblo cuyo único mérito es ése, haberse casado con un torero, para oírla hasta en la sopa diciendo memeces. Hay que soportar que el niño de una folclórica, que seguramente no sabe hacer la O con un canuto, preceda las noticias de España y el mundo para que nos cuenten con qué rubia se ha enrollado la noche anterior o qué discoteca le ha pagado para que se ponga ciego de whiski y así salir en el programa de máxima audiencia del día siguiente.
Una mujer con mucho glamour nos cuenta todo esto sin que nadie se escandalice.
País…
sábado, diciembre 27, 2008
De nuevo el Terror
Hoy almorzamos viendo imágenes espeluznantes en Gaza. Bombardeo indiscriminado ordenado por el gobierno israelí. ¡Más de doscientos muertos!
Sin ser comparables, ya van demasiadas andanadas mortíferas, brutales y sin sentido por parte del Estado sionista.
Entiendo la razón de la existencia de este Estado, más aún después de los actos criminales que condenaron al escarnio, las cámaras de gas y las torturas a millones de judíos por el hecho de serlo.
No entiendo y condeno desde mi posición humilde esta nueva acción militar en la que hemos podido ver civiles reventados en su propia sangre.
No se puede argumentar con el terror, no en nombre de Dios ni de ninguna religión. No podemos permitir más la pervivencia en este siglo XXI de un conflicto que nos llena de vergüenza desde hace tanto tiempo.
Ahora vendrá una salvajada palestina, igualmente condenable antes incluso que se produzca, y de nuevo el círculo que se cierra.
¿Cuál es la razón para no llegar a un acuerdo, para dar a los palestinos el trozo de tierra y la dignidad que les corresponde, cómo se puede medir con tan doble rasero a unos y otros?, ¿cómo pueden tener tanto apoyo en el pueblo israelí carnicerías como éstas, un pueblo culto, maltratado por la historia, denunciador de torturas pasadas?
No podemos quedar ajenos a las caras de pánico de los niños siendo llevados a los hospitales de Gaza. Los gobiernos del mundo tienen que estar a la altura, condenar sin paliativos esta acción y poner todas las bases, la paciencia y los argumentos diplomáticos para que el Estado de Israel sea lo que casi todos queremos: un país cordial, con un lugar en el mundo propio y merecido, respetuoso con los derechos del hombre, conciliador con sus vecinos, enseñándonos que su camino en la historia de la humanidad tiene sentido, heredero orgulloso de Moisés y Abraham; no mortífero y carnicero.
sábado, diciembre 20, 2008
Criticar por criticar
Veamos.
Cuando se me pregunta por alguien, más o menos cercano, amigo, compañero de trabajo, familiar o simplemente conocido, me impongo en lo posible llevar la respuesta al término del:
-Es encantador/a.
Casi siempre hay un motivo para decirlo de alguien. Que es encantador.
Seguro que hay muchas razones para decir todo lo contrario. Pero no se gana nada.
En esta vida que vivimos tan compleja, hay mil argumentos para descalificar. El reproche es sencillo.
Tal vez, quien esto lea, no confiará en mí cuando comente de alguien que es encantador, pero lo diré de corazón.
Desperdiciamos tanta energía en decir lo mal que lo hacen los demás, lo tacaño que es éste, lo engreído que es el otro, lo poco de fiar que es Fulanita, la mala leche que transmite Menganito, lo falso, lo imbécil, la maldad que tiene, lo convenido que es…
Es bueno contar hasta diez antes de criticar. Mirar a quien nos pregunta y ver qué hay en él o en mí que nos haga libres de críticas.
Cuando de alguien dices que es ‘encantador’ ocurren varios fenómenos positivos al mismo tiempo:
-Se corta el círculo del ‘despelleje’
-Das una lección a quien desea el ‘destrozo’
-Echas un cable a la persona de quien se habla
-Transmites buen rollo
No es difícil. Simplemente contar hasta diez, hasta veinte si es necesario, pensar en esa persona con los ojos con que nos gustaría que se nos viese, con los ojos humanos de quien ve a otro ser humano imperfecto del que piensa que, a pesar de todo, es encantador.
Eso sí, como leí en una entrevista a una juez, en este mundo hay gente buena buenísima y mala malísima.
Para los últimos, ni agua.