x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

lunes, noviembre 11, 2013

La rabia

Cada vez estoy más convencido de que la felicidad la dan, en su justa medida y sin que lleguemos a levitar, los años.

Yo, que valoro a la gente apasionada y que me gusta que me definan como tal, entiendo que no es buena consejera la rabia para afrontar situaciones complejas.

No han sido pocas las veces en que me he lanzado a la yugular de personas impresentables, que me han hecho daño, en que he salido escaldado.

Los cambios, las mejoras, los proyectos, los retos hay que construirlos con cabeza, aunque lo que nos mueva a evolucionar sea la pasión.

La gente torticera y gris se mueve bien entre turbulencias, es su campo natural de juego, del mismo modo que los desafios importantes requieren concentración para no acabar a la deriva llevado por las decisiones tomadas por un impulso descontrolado.

Las cosas bien hechas no se suelen conseguir desde la improvisación ni se ganan batallas sin estrategia.

Los años me dicen que las mejores partidas las he jugado con calma, la mente fresca y un corazón de hierro. A las personas o situaciones provocadoras les cae muy mal encontrarse con personas de bases firmes.

Son tantos días los que pienso que mis proyectos futuros se podrían haber ido al traste de haberme dejado arrastrar por la rabia... que me asusto, resoplo y me contengo.

miércoles, noviembre 06, 2013

Tiempos

El equilibrio en una vida personal puede encontrarse en una buena gestión de los tiempos, sujetos a diferentes escalas marcadas para organizar nuestro día a día.

Si uno sólo trabaja a una escala, donde las unidades sean únicamente los días, o por contra lo sean los años, acaba frivolizando en demasía la existencia o dramatizándolo todo en una carrera a ninguna parte.

No es fácil ser capaz de disfrutar del momento como si la vida se acabara mañana y en paralelo tener una visión clara de futuro. Pensar a menudo en el qué será de nosotros es agotador e insano, no pensarlo te convierte en una persona sin criterios ni estrategia vital, impersonal, al capricho de los vientos.

Todos, afortunadamente, abrazamos diferentes escalas, aunque es gracioso pensar en personas concretas, con nombres y apellidos, que viven en el desequilibrio de no saber ponderar las vivencias en su justo término, a quienes el mundo se les cae encima por cada pequeña decisión a tomar o aquéllos que se ríen del mundo, incapaces de comprometerse en nada de valor.

El drama de la vida vista desde bien lejos, reducida a una línea pequeña con tres acontecimientos realmente definitorios, u observarla desde bien cerca, donde el detalle tan cercano del placer inmediato te hace olvidar el espacio en el que todo se desenvuelve. Lo íntimo y lo superfluo, lo pesado contra lo liviano, la ambición frente a la rutina, ver tu existencia en un guiño de ojos o guiñar el ojo para sacarte una sonrisa.

La consecución del equilibrio es saber, tarea difícil, pasar de un lado a otro, trascender e ironizar, con la sencillez de quien es consciente de que no hay verdades absolutas.

miércoles, octubre 30, 2013

Pero

Alguna vez me gustaría hacer un estudio para evaluar el carácter de las personas en función de las veces que dicen 'pero' por cada mil palabras.

Pocas palabras menos sanas que ésta.

Es un ejercicio enriquecedor el de intentar escucharse uno a sí mismo decirla, referente a cualquier tema y no importa en qué circunstancia.

No pronunciar los peros es ganar en franqueza si se hace trabajándolo desde el estómago, con conciencia de lo que uno abandona al dejar de lado las justificaciones que todo lo pervierten.

Recuerdo que una vez, en la escuela de escritores a la que asistía, un hombre encantador, constructor de relatos divertidísimos de ciencia ficción, criticó de mis historias la cantidad de veces que escribía 'casi' para adjetivar una situación o para describir a una persona.

Era una forma de decirme que con mi lenguaje me delataba, dejaba de manifiesto mis inseguridades y no apostaba fuerte por la naturaleza de mis personajes y sus interioridades.

Liberarme del 'casi' fue una evolución en positivo que implicaba mucho más que un simple exceso literario.

Las cosas eran o no, tenía que mojarme.

Ahora me da por analizar los 'peros' y he llegado al punto en que soy capaz, 'casi' siempre, de evitar pronunciarlo justo cuando está ya llegando a mi boca.

sábado, octubre 26, 2013

Ternura

Con toda la fuerza que tiene nuestra lengua, hay veces que te llegan a la cabeza sensaciones difíciles de encuadrar en un solo término.

Una de las razones para no encontrarla es, principalmente, el no conocerla. No tener suficiente recorrido como para saber llegar a unificar todas las sutilezas de aquello que quieres expresar y el conocimiento necesario de la lengua para realizar ese enlace.

Soy una persona muy dada a comprar en grandes almacenes, sobre todo porque visitar un pequeño establecimiento implica en muchas ocasiones pagar por cosas que no necesito. Soy débil en el cuerpo a cuerpo con un buen comercial o presa fácil de ellos. Desde el momento en que hacen el esfuerzo conmigo por venderme algo, en vez de entender que eso forma parte de su trabajo, termino por considerarme en deuda y haciéndome con utensilios que luego no sé dónde colocar.

En estos casos, me encuentro con una figura que me resulta especialmente violenta, la de aquélla que me provoca al mismo tiempo compasión y ternura.

Suelen ser negocios pequeños, mal surtidos, de escaso gancho y con un dependiente o dependienta que clava tus ojos en ti al acercarte, tal vez por equivocación, a pocos metros de su escaparate.

Esa sensación que tan fácilmente encuentro en determinados tenderetes se me ofrece de forma mucho más sutil en el día a día, en situaciones inesperadas. Un cruce de miradas desesperado y dulce que me desbarata.

Compasión y ternura, ¿cómo se le llama a eso?

miércoles, octubre 16, 2013

Miseria

Es duro reconocer que la miseria lo está invadiendo todo, incluso la parte sana de la sociedad que un día luchó contra ella.

En una suerte de epidemia irrefrenable que comienza por adormilar al enfermo, los afectados van sucumbiendo poco a poco a sus efectos, sin suerte de solución.

Actúa implacable tras el primer atisbo de reacción de los anticuerpos de la sociedad, cuando ya parece lejana esa marea humana en forma de batas blancas, camisetas verdes o indignados que conseguían llenar tantas plazas como se propusiesen.

Esa miseria, hija del dinero mal parido y sucio, desangra primero los ideales para a continuación desecar el orgullo y luego llenarlo todo de justificaciones y autocompasión.

El grueso del pueblo, adormecido por esa falta de horizonte en qué creer, comienza a bajar los brazos, a hacer sus cuentas con pagas de beneficiencia que acaba por considerar un triunfo y se vuelve un producto más de esa falta de esperanza.

Desde arriba, el que todo lo gana con esa falta de rebeldía en el pueblo, disfruta, con ojos miopes, con los salarios bajos, las condiciones draconianas y el abuso permanente. Como si esa podredumbre no fuera a volverse contra ellos.

La miseria nos hace miserables sin que sepamos verlo.

La esperanza es que, más pronto que tarde, aparezcan líderes sanos, aún no inoculados por el virus, que consigan liberar a mi gente de esta pandemia narcotizante.

Necesitamos despertar del mal sueño y creer de nuevo.

viernes, octubre 11, 2013

Barbaridades

Creo que hay una relación directa entre la salud mental de una persona y su grado de relación con el mundo, en cuanto a la capacidad para comunicarse con otros, la amplitud de la red social, amigos, familiares, compañeros, que ha conseguido construir a su alrededor y la certeza, se utilice o no, de que tenemos a quién contar, cuando lo necesitemos o deseemos, nuestras alegrías y preocupaciones; tanto como escucharlas de ellos.

Es sanísima la comunicación para seres como nosotros, los humanos, que tenemos en el lenguaje una enorme ventaja respecto a cualquier ser vivo, herramienta para poder compartir con todo detalle hasta lo más íntimo de nuestro corazón.

Somos cada uno, sin embargo, el principal receptor de ese lenguaje. A lo largo de cada jornada, sin pausa, vamos planteándonos a nosotros mismos proyectos, preguntas o miedos a los que damos, de manera más o menos acertada, respuesta. Nuestra cabeza no para de maquinar acerca de todo lo que nos conmueve y quizás sea la capacidad de controlar ese batiburrillo de sensaciones la que marque la inteligencia emocional de una persona y sus equilibrios.

Día a día nos planteamos todo, sin tapujos. Y justo navegando al lado de nuestro mundo más luminoso, imaginamos también los extremos, lo que nunca diríamos, nos proponemos todos los escenarios, las muertes de los nuestros, el sexo sin prejuicios, las ambiciones insanas, los odios acumulados, nuestra parte más negra, también la más valiente, lo que hubiéramos sido, lo que nunca seremos, nos damos caña, nos reímos del mundo, nos machacamos nuestros defectos, enrabietamos con las fronteras autoimpuestas para crecer de otro modo...

Las mayores barbaridades las hablamos con nosotros mismos.


martes, octubre 08, 2013

Aburrimiento

Como merienda o como el verbo convidar, a mí el término aburrimiento me lleva a períodos infantiles o de pubertad en que no sabes cómo agarrar el tiempo; utilizado por personas adultas, en cambio, me transmite desequilibrio y desazón, por lo que implica de insatisfacción profunda con el presente.

Hablo del aburrimiento a secas, no el placer del dolce far niente al que a veces, quizás menos de lo que quisiéramos, nos abandonamos placenteramente para escapar de este mundo de prisas.

Me refiero a las tardes en que miras el reloj más de diez veces esperando a que llegue el momento de que ocurra algo, suspirando por una llamada que lo rompa todo.

Supongo que la gente que atraviesa de forma cotidiana esos colapsos de no saber qué hacer tiene la ventaja, perversa, de sentir pasar el tiempo más lento que aquéllos que a duras penas saben administrar sus ganas de probarlo todo.

A mí los días se me hacen cortos y sé que ésa es la clave de mi equilibrio personal, bien trabajado desde pequeño quizás por el temor a vivir vidas endemoniadas donde no saberme situar.

Mi cabeza bulle de proyectos, citas, charlas, lecturas, viajes, escritos, entrenamientos y recetas de cocina que no soy capaz de abarcar, aun siendo consciente de que lo importante no es llenar el tiempo para esconderlo sino para saberse poseedor del timón de tu propio caminar, a fin de cuentas nuestra única posesión no medible en euros.

viernes, octubre 04, 2013

Juventud

Salía el viernes del trabajo, llenaba el depósito del coche con la cabeza puesta en escapar de la ciudad. Fue al pagar en la gasolinera cuando bajé a la tierra:

-¿Estudiaste en el Claret?

El dependiente, con su uniforme verde, pelo cano, barriga prominente y gafas de mucho aumento tomaba mi DNI como si tratase de confirmar leyendo mi nombre que yo era la persona que estudió en ese colegio. Le dije que sí.

-Sí, estaba seguro al verte. Tú eras de los mayores…

De los mayores… No sólo tenía que asumir que estaba viendo frente a mí a alguien de mi generación, sino que además yo era aún mayor que él. Su cara no me sonaba, pero eso no es algo extraño en una persona que vive en mundos paralelos, como yo.

-¿De los mayores?

-Sí. Del curso anterior al mío. 

Al menos no estaba en parvulario cuando yo hacía COU. 

Me metí en el coche camino de mi fin de semana playero pensando en el espejo que acababa de plantarme el azar de sopetón.

El cuerpo, sin embargo, se fue amoldando a la escena, pensando en lo bien que estoy heredando las virtudes de mi padre, al que las viejas le reprochan en el autobús que se levante para cederles el asiento.

-¡Pero si usted es mucho mayor! –protestan, presumidas, entre risas.

viernes, septiembre 27, 2013

Saber

Ayer jueves salí del trabajo a las tres de la tarde con un cielo azul inmenso iluminando la ciudad.

Tenía un invitado el fin de semana y la certeza, triste en este caso, de que éste iba a estar pasado por agua. Las imágenes del Meteosat no dejaban lugar a dudas, por mucho que no existiese un rastro blanco que manchase la bóveda celeste. Se aproximaba un frente imperturbable, ya metido en Portugal, para barrer toda la península.

Ahora, bajo la lluvia y antes de salir a cenar, escribo pensando en esos tiempos cercanos, decenas de años atrás, en que no existían los satélites y la gente se planteaba hipótesis, a partir de sensaciones y leyendas, de los vientos o lluvias que el futuro inmediato le podría traer.

El saber conlleva eso, perder románticas incertidumbres para ganar certezas.

Estos últimos decenios el hombre ha avanzado tanto en el conocimiento de sí mismo y del mundo, que se ha hecho infinitamente más libre a la hora de tomar decisiones que afecten a su futuro personal y colectivo. Ya tenemos certeza de la lluvia inmediata, de un diagnóstico médico, del origen de una llamada de teléfono, de los conflictos al otro lado del mundo en tiempo real.

Aún así, bajo esta lluvia, aún hay personas poderosas que privilegian los intereses mercantilistas a la lucha contra el avance implacable de la destrucción de nuestro planeta. Son unánimes los científicos al decirnos que el Ártico se deshelará los veranos de aquí a no mucho, que las sequías se harán comunes, más largas y penosas, que los mares crecerán, que las catástrofes naturales se multiplicarán, las temperaturas subirán varios grados y desaparecerán especies.

Pero el hombre que decide, el que gobierna, lo hace como si pasease un jueves bajo un sol impúdico en Sevilla y se riese del frente inmenso de nubes repletas de agua que entra por Portugal.

El problema es que detrás de él vamos los demás.

lunes, septiembre 23, 2013

Hogueras

En el remo, a diferencia de otros deportes, a tu esfuerzo, o desgana, le delatan las hogueras. Pegas la palada y en el agua queda una marca, un remolino de agua, que da cuenta de la fortaleza de cada empuje en función del diámetro que va dejando la estela sobre el río.

Chivatas las hogueras.

Mientras remas tú solo no hay con qué comparar, pero en cuanto tienes a compañeros sabes bien quién se escaquea, o es más débil, el que es irregular, el inconstante, el bravucón... Y te retratas tú.

Cuando se corre, en cambio, la hoguera queda en el aire. Nadie más que tú sabe si estás tirando o no, resultando sencillo dejarse ir, tranquilizando la conciencia del deber cumplido en esa obsesión moderna por controlar los kilos de más.

Es jodido el mundo de los corredores, en un continuo reto de hacer más kilómetros, más rápido, en lucha constante contra la pereza, peleándonos con los demonios que nos dicen que es absurdo ese galopar a ninguna parte, diablos que te ofrecen como espejismos cervezas, paseos, una buena cama, un libro...

En cada uno está el saber si se impulsa con los talones o sólo los utiliza para apoyarse, como en la vida misma. Cada cual encuentra su motivación última para sentirse bien en su propio cuerpo, por uno mismo, por lo que quieres ofrecer de ti, o por un poco de todo ello. Nadie es tan seguro ni tan mezquino.

En uno está saber si hay fuerza y convicción, o si trotamos para creernos vivos, o si somos simplemente mortales de andar por casa.

¡Qué duro es arrancar y qué placentera la ducha del victorioso!

martes, septiembre 17, 2013

Simultáneo

Me da a mí que una fuente no suficientemente estudiada de infelicidad, vía estrés, es la de tratar de hacer las cosas en simultáneo.

Aparentemente asociado al triunfo el hecho de compaginar varias tareas al mismo tiempo, me doy cuenta en cosas mínimas que el intentar comenzar una tarea sin haber terminado otra desequilibra e incomoda, aunque sea en algo tan nimio como ponerte a preparar la comida sin haber terminado de leer el periódico. 

Al bienestar personal, amigo austero y fiel de la felicidad, se llega por caminos insondables que uno, de golpe, encuentra en un detalle. 

A nuestro cuerpo, al menos al mío, le sienta bien el atacar los placeres, o las tareas, de uno en uno y hasta el final. Se equivoca uno cuando escribe un whatsapp antes de terminar de desayunar, o se va a correr antes de dejar la ropa tendida o abre un libro sin dejar de ver el telediario, encadenando muchos coitus interruptus que te hacen creer un fenómeno hiperactivo sin ser más que un infeliz no apto para disfrutar, en profundidad, de nada. 

Si me pongo a escribir este blog, lo termino, por mucho que el móvil esté vibrando a mi lado pidiéndome cariño.

martes, septiembre 10, 2013

Anomalía

Leía este sábado, por sorpresa y con gran emoción, un artículo firmado en El País por Xavier Trias, el alcalde de Barcelona, defendiendo la candidatura de la ciudad de Madrid a los Juegos Olímpicos del 2020.

Para no inventarme frases, he buscado el artículo, fácil de encontrar por reciente, en el que Trias viene a decir literalmente 'la de Madrid es una candidatura destinada al éxito'.

Hablaba de emoción, de trabajo bien hecho e incluso se permitía utilizar el futuro, no condicional, para afirmar 'los de Madrid 2020 serán unos Juegos que llegarán a lo más alto'.


No pasaron ni 24 horas para desdecirse y afirmar que la ciudad de Madrid no estaba a la altura de competir con ciudades de la 'categoría' de Estambul o Tokio. Con un punto de aclaración: Barcelona, sí.

No sé hasta qué punto ese tono prepotente en personas tan aparentemente afables forma parte de una estrategia para sembrar el odio.

Y lo escribe un ciudadano de Sevilla que tendría dificultades para elegir entre Madrid o Barcelona, de tanto que me gustan.

Ese mismo día, el conseller de Cultura (ojo, de Cultura) del gobierno catalán venía a informarnos desde un atril de que no somos ciudadanos de un país desarrollado, sino que formamos parte de una anomalía histórica (llamada España).

Como anómalo que soy al formar parte de una anomalía, trato de buscar explicaciones irracionales entre argumentos tan enrevesados y dañinos para intentar entender el porqué de tanta mezquindad.

Hoy es Artur Mas quien se despacha con una comparación entre la gran movilización en pro de los derechos de los negros en la América de mediados del siglo pasado liderada por Martin Luther King, luchador incansable contra el racismo más visceral y los rescoldos de la esclavitud, y la respetable cadena humana de mañana en pro de la independencia de Cataluña.

Incluso los que siempre, y digo siempre, hemos defendido la causa catalana, comenzamos a sentir cierto hartazgo ante discursos tan reaccionarios, ante las mentiras disfrazadas de verdades a base de repetirlas, ante el odio indisimulado a todo lo que suene a castellano, ante la chulería de pensar que a mí, por ser andaluz, la compra diaria me la pagan desde la Generalitat.

Se está sembrando una semilla tan venenosa que hasta el más sensato acabará por decir barbaridades.

No permitamos el odio, no les hagamos el juego. 

Afortunadamente Cataluña es mucho más sensata de lo que nos intentan hacer creer.


lunes, septiembre 09, 2013

Small

Acabábamos de pasar una tarde soleada paseándonos las orillas del Elba a las afueras de Hamburgo cuando tomamos un autobús para volver al centro.

Tres jóvenes al lado de mí, de pie, hablaban en inglés sobre temas de trabajo. Siendo viernes, se veía que acababan de compartir unos días de formación en su empresa y se disponían a organizar el regreso a casa.

Al charlar de sus respectivas trayectorias, uno de ellos comenzó a explicar que había realizado sus estudios en Sevilla. Yo, ya pendiente de la conversación, agucé aún más los oídos.

'A beatiful, small and hot city'.

Así resumían a miles de kilómetros de mi ciudad lo que ésta significaba para un universitario extranjero que la había vivido durante años.

No pude reprimir, cuando el chaval que había estudiado en Sevilla quedó a solas, presentarme. Era irlandés, habíamos compartido profesores en la misma Escuela de Ingenieros, me habló con cariño de su piso en el Arco del Postigo y de la alegría que le suponía poder seguir trabajando en España, en el centro que Airbus tiene en Getafe.

Hablando conmigo se le encendían los ojos hablando de ese maravillosa, pequeña y cálida ciudad lejana.

miércoles, septiembre 04, 2013

Admiración

Hay un punto de hipocresía, sí, seguro, en nuestras relaciones con los demás. Poco importa que sean familia, gente cercana o compañeros de trabajo, construimos imágenes de nosotros mismos, de lo que querríamos ser, que no tiene por qué ser una; de hecho somos una persona estrictamente diferente con cada uno de nuestros compañeros de viaje en esta vida azarosa que nos ha tocado compartir.

En cualquier caso hay técnicas, sí, predecibles, para ganarnos a ese entorno que nos rodea. Y no es malo, más bien inteligente.

Una de las principales, para la gente que tiene un buen fondo, es la de la admiración. La admiración sincera.

Me explico.

Siempre hay motivos para, no ya descalificar, criticar algo en los demás, en la persona concreta con la que compartimos cada momento. Si pensamos en cada uno de nuestros amigos es seguro que encontraremos algo en ellos que nos desespera.

Sin embargo, ¡es tan fácil alabar lo mucho de bueno que hay en cada una de las personas que hemos elegido para ser felices!

Es de tontos juntarse con gente que nos amarga la existencia. Por sentido común, nos vamos arrimando a aquéllos que nos hacen reír, que nos escuchan, que valoran nuestro modo de ser, que se preocupan por nuestras inquietudes, que nos llaman sin tener nada que decirnos...

La estrategia, aquélla de la que yo hablo y que mezclo con la hipocresía, sana, es siempre encontrar la ocasión para alabar a quien quieres.

Hay mil motivos para criticar, pero en ese instante en que el veneno te lleva a hacerlo, piensa en todo lo bueno que esa persona que te aguanta, te comprende y se divierte contigo te ofrece.

Es una cuestión de puro egoísmo, si quieres ser feliz habla todo lo bien que sepas de la gente que aprecias.

Porque, además de todo, es verdad.

lunes, agosto 26, 2013

Rocas

Bañándome plácidamente una noche de mi última semana de vacaciones en la costa granadina, con esa mole de montaña tras de mí y el cielo estrellado como techo, me acordaba de las primeras enseñanzas acerca de la formación de las estrellas, de las sierras montañosas en períodos en que la unidad de medida son los cientos de miles, millones de años. Época en que uno aprendía acerca de la evolución del hombre, de las eras glaciales, del nacimiento de las estrellas comparándolo con el tiempo presente, casi eterno en tu juventud.

Eran comparables, todo el pasado infinito, con un aquí y ahora tan enorme como aquél. Nuestro mundo era consecuencia de todo lo anterior y nosotros, parecía, lo disfrutábamos a cámara lenta, para siempre. El hoy era tan grande como todo el ayer concentrado en un pergamino.

Sin darse uno cuenta un día te miras al espejo, otro recuerdas el tiempo de los estudios, del despertar al sexo, de los primeros amigos y llega un momento, imprevisible y traicionero, en que te das cuenta de que esos millones de años del pasado se van agigantando, de que la rueda de las rocas y las estrellas se va haciendo incontrolable y tu presente diminuto.

Cuanto más grande es esa roca devoradora imposible de frenar que se dirige inconmensurable hacia ti más aprecias lo vivido, más te afanas en disfrutar del ahora y eres cada día más inteligente para comprender que toda la verdad de esta vida se encuentra en el amor.

martes, agosto 20, 2013

Pastel

Recién llegado de mis vacaciones, utilicé mi última jornada laborable libre antes de comenzar mi agenda de trabajo para disfrutar de la mañana en mi ciudad con rutinas tontas que sólo me serán posibles a partir de ahora en días en que la gente afortunada, que trabaja de lunes a viernes como yo, puede permitirse realizar.

Entre la compra de la semana y el lavado del coche, me di un largo desayuno con croissant mixto y batido helado de chocolate blanco, espectacular, en el Vip's de República Argentina, con El País como aliado y el disfrute que supone no tener prisas, más aún cuando el tiempo de libertad total se agota.

Me asustaré el día en que no haga una fiesta de ésos mis desayunos eternos frente al periódico.

Una vez pagado y confirmado por enésima vez que no quiero hacerme socio de ese local de comida en el que tanto disfruto, quedé profundamente impactado por la visión de una pareja de mediana edad en la que él daba con calma un trozo de pastel a su mujer, en silla de ruedas y totalmente inmóvil de cuello para abajo, con una profunda sonrisa en los dos.

El lavado del coche posterior fue el más feliz que podía imaginar tras la fortuna que me supuso asistir, sin haber hecho méritos, a una escena tan fabulosa.

jueves, agosto 15, 2013

Grito

Gabi nos había paseado en barco hasta una playa a orillas del Elba a la que llegamos desde el puerto de Hamburgo. El día soleado invitaba al disfrute, a descubrir sitios nuevos a los que nunca hubiéramos llegado como turistas sin anfitrión. Un chiringuito, arena fina, rocas, cervezas y bañistas en una postal perfecta. Con mi refresco me senté a disfrutar un rato de ese mediodía de viernes como un alemán más.

Justo frente a mí, a dos metros de la orilla, una mujer rubia, de pelo corto, a lo Mia Farrow, jugaba a entrelazar hilos en pedruscos con sus dos niños, él de unos diez años, la pequeña de cinco, en pelotillas, a ambos lados.

La niña, con cara de gamberra, se afanaba por las rocas, iba y venía del agua, provocaba al hermano, le comentaba cosas indescifrables para mí a su madre, que seguía con su dolce far niente ensartando piedras sentada en la arena.

Hubo un momento en que la chica se revolvió, salió corriendo y se sentó a unos tres metros por detrás de la madre, justo a mi lado, comenzando a gritar con una intensidad brutal, sin miramientos. Tras el susto inicial y la perplejidad de los paseantes, la niña continuó su recital de gritos insoportables mientras la madre, impávida, continuaba con sus piedrecillas. Ni un solo giro de cabeza para comprobar lo evidente, que su hija estaba liándola. Unos minutos interminables después la niña volvió al redil de los brazos maternos, que ni la acarició ni la besó ni la reprendió. 

Ésa era una escena quizás cumbre de otras vistas durante nuestro inolvidable viaje por el norte de Europa.

Cuánta relación, nos preguntamos en ese momento, puede haber en ese tipo aséptico de educación y la interdependencia generacional. Cuánto no se consiente en el sur de Europa a un hijo, hasta qué punto no se le da su sitio y dejamos convertir las familias en dictaduras de los más jóvenes. No sé dónde está la buena conducta, la más apropiada. Sólo sé que me gustó la gallardía de una madre defendiendo su sitio.

martes, agosto 13, 2013

Copenhague

Como todo en la vida, cuanto más se viaja más difícil es encontrar el cosquilleo de la primera vez, aunque casi siempre compensa el ir reemplazando la visión borrosa, exenta de matices, de esa vez inicial. Las emociones en carne viva se convierten, si hay actitud, en placenteros paseos sin rumbo en el que lo de menos es el edificio concreto y lo de más es conseguir formar parte, de pleno, del paisaje.

A Copenhague llegué, con diecinueve años y una mochila, otro lejano verano, ávido de romper mis fronteras utilizando los kilómetros como estrategia.

Como si fuese ayer, recuerdo aquel cámping urbano, al que volví dos veces, en cuyo césped bien cuidado me tumbé un buen rato, íntimo, viendo pasar las nubes, veloces, manchando un frío cielo azul.

"Todos caminamos sobre nuestros pies, el suelo está abajo y el cielo arriba. Aquí son más altos, más rubios, pero somos lo mismo".

Me hizo falta esa tumbada en un cámping danés para comprender que yo era un ser del mundo, tanto y tan válido como cualquier otro.

Hoy, en Copenhague, descubro la virtud de la sonrisa danesa, la agresividad de su clima, lo austero de su comportamiento. Observo una sociedad mucho más igualitaria que la española, donde no hay trabajo menor, donde los rubios, y rubias, te atienden en el hotel, conducen sus bicicletas, recogen tu comida, te sirven la cerveza o te explican, en un aeropuerto y con una sonrisa, que tienes que tirar el bote de desodorante a la basura para montar en el avión. 

martes, agosto 06, 2013

Zavel


Preguntamos y nadie sabía darnos una explicación precisa, De kleine zavel. Vendría a significar la arenilla con que se pavimentaban las calles medievales cuando aún no existía el alquitrán.

Llegamos allí por la fuerza de Internet, las ganas de una cena romántica en un Amberes tranquilo en un domingo de verano y el placer de no tener prisas. De kleine zavel.

Una camarera madura, servicial, con un inglés perfecto nos explicó que ese restaurante fue hacía siglos unos baños donde los marineros venidos de tierras remotas se componían el cuerpo para reintegrarse a la vida mundana europea.

La pareja de al lado, recién llegada de sus vacaciones en Villajoyosa, imposible de pronunciar para un flamenco, nos detallaba la comida que disfrutábamos y una pareja de holandeses nos invitaba a unirnos a su mesa para tomar el último digestivo, un elixir de Amberes, al tiempo que nos explicaban cómo, tiempo atrás, se constituyó la actual Bélgica.

De kleine zavel.

sábado, agosto 03, 2013

Gante

Mis noches en Gante han sido, literalmente, de ensueño.  Hacía tiempo que no dormía tan profundamente e integrando sueños siempre dulces.

Seguro que ayuda la belleza de la ciudad, la lejanía del trabajo, la buena compañía y los recuerdos de visitas pasadas.

En el McDonald's donde tuvimos que cenar el primer día, al haber sobrepasado todo posible horario europeo, ya comí con 19 años, con dos amigos de la infancia con los que me lancé a conocer mundo montados en un tren. La vista, comiendo hamburguesas, sigue siendo tan espectacular como entonces: las tres torres: San Nicolás, el Belfort y San Bavón. Época en que no podría ni imaginar que la vida acabara tratándome tan bien.

Años después volví con Araceli, mi añorada Araceli, y Rafa. Con mi clío blanco de ingenierito recién fichado por la Renault.  Al mismo camping, con otros ojos.

Hace diez años tuve la oportunidad de enseñárselo a mi amor, descubriendo en un viaje memorable el políptico del cordero místico de Van Eyck.

Ahora, de nuevo, abandono Gante, con una vida coherente a mis espaldas y la sensación de que en años volveré a esta ciudad de gente con caras sacadas de cuadros medievales, de canales de agua estancada rajando la urbe en pedazos, de trozos de historia medieval con rastros negros del pasado de España.

Cervezas, canales, lienzos flamencos, timidez en el trato, batidos de chocolate y un McDonald's que, quién lo diría, puede alcanzar a ser romántico.