Porque me parece un don: el no viajar a oscuras por una porción tan grande de mi vida.
Aprendo de ellos, me lanzan señales. Son invitaciones a la reflexión que trato de desmenuzar cuando vengo del otro lado del espejo.
El caso es que hay etapas, como la que vivo, en que mi vida está tan acelerada, que esa pulsión se traslada a ese lado de la frontera, donde no tengo el control. Y ocurre que lo tremebundo se apodera de todo. Tanto así que, a veces, me provoco el despertar; tanto, que incluso me da miedo volverme a dormir.
Quizás ese terror es una forma de decirme: ¡Para!
Ya imagino la novela —soy peliculero—, en la que el protagonista, acongojado por la potencia terrorífica de sus sueños, intenta no dormir.
Hasta que descubre que los monstruos de la noche se asoman desde este lado de la consciencia.
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