Me nombraron responsable de un grupo de personas de distintos continentes y lo primero que hice fue mantener una larga conversación personal con cada uno de ellos. Era lo básico: iba a ser su jefe durante los años siguientes.
El caso es que uno de ellos, de un país de Europa del Este, tenía un nombre compuesto. Así que le pregunté cómo le gustaría que me dirigiese a él. Pongamos que se llamase Vlado Boric.
—Todo el mundo me llama Boric —me respondió—. Me horroriza que me digan Vlado.
—A mí llámame Salva —le dije.
Días después, tras una reunión donde participaba mucha gente, incluido su antiguo jefe, éste me recriminó:
—Te has llevado toda la reunión refiriéndote a él como Boric, cuando a él le gusta que le llamen Vlado.
Le respondí con un 'ok'. A quien se ha preocupado tan poco por su equipo no le voy a dar lecciones de nada.
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