El primero, malagueño, me tuvo en vilo toda la época universitaria. Nos buscábamos, nos mirábamos, nos sonreíamos. A mí se me eternizaban los veranos sin saber de él. No hace mucho lo encontré en el AVE de vuelta de Madrid. Los dos enchaquetados, los dos hechos dos señores. Me enseñó fotos de sus hijas.
El segundo, italiano, estudió Erasmus en Sevilla. Lo conocí en la República Dominicana, en el viaje fin de carrera. Allí me tomaba de la mano, me seguía allí adonde yo iba, me hablaba de sus sueños de futuro. A la vuelta, un día de Feria, le confesé mi amor. Se quedó en el más atroz de los silencios.
El tercero, sevillano, me tuvo enredado durante años recién llegado a Renault. No había día en que no nos cruzásemos. Mucho tiempo después se lo dije. Él se limitó a sonreírme.
Llegué a los treinta años con el sabor a derrota de haber sufrido lo indecible sin, ni tan siquiera, un beso.
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