La gente no sabe pasar dos horas en silencio.
Imagino la angustia de viajar a solas en un avión, no porque se pueda estrellar, sino por no poder llamar a alguien para hablar de nada.
Esta semana viajaba en AVE y la señora del asiento posterior al mío no dejó de hablar, con al menos diez personas, durante las más de dos horas de trayecto.
Llamadas prescindibles que empezaban con un ¿qué te cuentas?, sin preocuparse en absoluto por que los que estábamos a un metro de ella no podíamos siquiera pensar en nuestro mundo.
Se lo dije al salir:
—Señora, usted no vive sola en el mundo.
Me miró como quien observa a un extraterrestre.
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