La ciudad, bella de rincones personalísimos, tuvo que ser un paraíso de redes sociales de las que no necesitan tecnología para funcionar. Imaginar esas plazas llenas de chavalería, el olor a especias venidas de Oriente, las madres gritando a la hora de comer, los noviazgos entre susurros en los pasadizos ciegos que terminaban en canales.
Hay muchos escondites en Venecia donde pararse a imaginar qué fuimos y qué pudimos ser.
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