No quiero pensar que el día más feliz del año es aquel en el que cojo las vacaciones de verano.
Pero lo pienso.
Por mucho que mi trabajo me ilusione, por muy buenas relaciones que tenga con mis compañeros, incluso agradecido de estar tan bien valorado, el día en el que cuelgo la mochila mis células se alborotan con una alegría infantil.
En un rato nos vamos Fran y yo a celebrar que, los dos al mismo tiempo, nos vamos a quitar de en medio.
No recuerdo qué comí antes de ayer, pero tengo fijas en mi retina las cenas de las noches en las que cerré el ordenador.
¡Tiembla, Italia!
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