El sentido lo da el laberinto, la ausencia de coches, el obligado paseo dirigido por el azar cuando no tienes prisa.
No sé cuántas veces he venido y sigo encontrando rincones que juraría no haber visto.
Puede que esa misma plaza que celebré por vez primera la haya disfrutado con esa mirada de descubrimiento hace diez o quince años.
Poco importa. El subconsciente decide qué está ya visto y qué está por conocer.
Esa es la clave de Venecia, que siempre te ofrece la sorpresa de lo nuevo desde lo más antiguo.
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