Son cuajones al servir, sin dejar de ser amables. Tienen una buena carta de vinos, pero casi nunca les queda lo que pides. Fran, nuestro enólogo particular, acertó tras dos intentos fallidos:
—Un 822.
El camarero, al rato, vino con la cabeza gacha para darnos malas noticias.
—Me temo que no nos queda...
Tan bajito hablaba, tan mal pronunciado, tan mirando para abajo... que confundimos la mala noticia.
—No nos queda o-cho-dos-dos —dijo en un susurro.
—¡Que no queda cachopo! —gritamos al unísono.
—No, ca-cho-po sí, o-cho-dos-dos no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario