x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

lunes, diciembre 30, 2024

Huelva

Llevábamos toda la semana esperando esa comida en Huelva y el día llegó este pasado sábado.

Tras un maravilloso paseo soleado por el muelle con nuestros amigos onubenses, llegó el momento de buscar el restaurante.

A quien no esperábamos era al camarero y a su entrada en escena, en la que se dedicó a alabar, sin venir a cuento, a la Hungría de Víctor Orban, incluso permitiéndose mofarse del mundo homosexual con bromas de muy poca gracia.

—Me temo que en esta mesa pinchas en hueso —protesté.

Sí. Lo fácil es lanzar media sonrisa, esperar que nos cuente los fuera de carta y hacer que uno no ha escuchado nada. 

Yo no sé ser así.

El resto de la comida, deliciosa en todos los sentidos, fuimos servidos por un señor mayor, al parecer dueño del restaurante.

Al día siguiente me enteré de que una de las personas, muy querida, que se sentaba en esa mesa, la organizadora de la comida, se levantó discretamente y pidió que ese camarero no nos volviera a servir.

La clase.


viernes, diciembre 27, 2024

Escena

Es la escena más bonita que retengo de estas Navidades.

Mis hermanas nos daban los regalos a los tres hombres de la familia, mi hermano David, mi sobrino Iván y yo.

Cuando este recibió el suyo, se abrazó a Raquel, su madre, y luego fue, gateando por el sofá, hasta su tía Mónica, en quien se desparramó con sus enormes 21 años, como si fuera un crío.

Iván ha tenido la suerte de contar con dos madres y él no para de mostrar, con toda su inocencia, que las quiere, muchísimo, a las dos.

jueves, diciembre 26, 2024

Ventanas

Son tres ventanas de arco redondo, pequeñas, que asoman a una plaza sin salida, desde un tercer piso, y que puedo ver a menudo desde la calle Peris Mencheta.

La imagino allí, entre sus cosas, por darme el placer de pensar en ella. 

Que abre una de las tres ventanas y aparece con su pelo negro gritando:

—¡Sube, Salva!

No quiero que se rompa ese sueño, no quiero que quiten esas tres ventanas, ni que se abran para que aparezca alguien que no sea Montse.

Yo sigo caminando por allí, da igual con quién o hacia dónde; no hay vez que no mire para allá por si se produce el milagro.

(—Ay, mi Salva)


Correos

Tengo la fortuna de enviar muchos libros dedicados, más en estas fechas, de ahí que un día de cada dos baje a Correos a mandar paquetes.

Intento acudir a horas en las que no esté una determinada funcionaria, desagradable en el trato como ella sola. Tanto es así, que me apetece acercarme al director de la oficina para pedir el cuadrante de los trabajadores, para organizarme en función de sus agendas.

Cuando la veo allí y saco el tiquet, juego como un niño a imaginar en cual de las tres ventanillas me va a tocar. Si, llegado el momento, me aparece su número y no tengo prisa, me hago el loco y vuelvo a sacar un tiquet para evitarla.

Son placeres pequeñitos.

Marbella

Estando en Marbella, fuimos a visitarla.

Teníamos el nombre de la calle y no fui difícil encontrarla. Era un mediodía caluroso de finales de primavera. Ella no pudo hacernos más fiesta.

—Pero ¡qué alegría!

Nos colocó en un lugar privilegiado, nos preparó unos cócteles y se afanó en contarnos lo que había sido de ella en los últimos años desde que se fue de Sevilla.

—¿Y cómo te va en el trabajo? —le preguntó Fran.

—¿Qué trabajo, Fran? Yo no estoy trabajando...

—Y esto, entonces, ¿qué es?

—Ah, ¡el bar!, es que estoy aquí tan bien...

Que no lo consideraba trabajo.

Álex

Viene cada año por Navidad y siempre lo recibimos con los brazos abiertos.

No sabemos nada el uno del otro durante el resto del año, pero cuando él baja a ver a la familia, me llama.

Ocurre que, de no observarnos, de no compartir, de no mensajearnos, hemos ido volviéndonos dos desconocidos, tanto que la cena de estas fiestas ha sido un completo desastre.

En las antípodas en todo lo que tiene que ver con la visión del mundo, la conversación fue derivando hacia temas que nos definen tanto como personas que los dos nos dimos cuenta de que el hilo que nos unía ya se había roto.

Estábamos en casa, Fran se acostó y nos quedamos a solas.

Por todo lo que te quiero le dije, creo que sería bueno que esta cena se acabase ya.

Él me dio la razón, nos abrazamos y se fue.

No creo que haya ninguna otra.

martes, diciembre 24, 2024

Pánico

Hay quien tiene pánico a la Navidad.

Suele coincidir con aquellos que han sufrido pérdidas en fechas cercanas a las de estos días, días que ejercen de impulsores del vacío que supone no contar con esos seres queridos.

Estas fechas potencian recuerdos de casas llenas, de risas tontas, de escenas tiernas que puede que no vuelvan, o no en el mismo grado, con las personas de entonces ni la alegría de nuestros tiempos jóvenes.

Ese pánico se vuelve odio al villancico, al turrón y a los programas enlatados que se repiten una y otra vez para recordarles que hubo un tiempo en el que sí creyeron en la Navidad.

Tele

Me gusta tener la tele apagada, porque padezco el síndrome infantil de quedarme tonto si la encienden.

Cuando llegamos a un local en el que la tienen conectada, Fran se ocupa de buscarme el asiento apropiado para darle yo la espalda a la pantalla.

—Es que se queda embobado —aclara a los demás.

Sí, debo conservar esa patología de indefensión de cuando era un renacuajo. Me encienden una tele y se me olvida el mundo.

De ahí que, en mi casa, sea un aparato, negro, de decoración.

Reservas

Nos ocurrió en un restaurante de nuestro querido San Sebastián. Habíamos llamado a última hora para cenar y solo quedaba un rincón para nosotros.

Cuando llegamos allí, nos encontramos una enorme mesa preparada para una celebración. Apenas esa gran mesa y la nuestra. Fran y yo nos miramos un poco mosqueados, por lo que eso implicaría de jaleo a nuestro lado.

La noche fue pasando y no llegaba nadie. El local lo llenábamos Fran y yo. La cena estuvo exquisita y ya al final, cuando pagábamos la cuenta, preguntamos al encargado del restaurante.

—Nos han dejado la reserva tirada —se lamentaba—, con las neveras llenas de género y ni siquiera se han dignado a responder al teléfono.

Hace poco, en un restaurante de Sevilla, nos encontramos con una escena similar.

La falta de empatía, y decencia, del ser humano es universal.

Estrella

Allí me había llevado una estrella que había creído en mí, a ese inmenso salón de tapices donde celebró sus bodas Carlos V, en los Reales Alcázares de Sevilla.

Días antes le pregunté qué vestimenta era la apropiada, sin imaginar el ceremonial.

—Chaqueta y corbata, Salva.

Fue Rocío Gálvez, escritora, a quien conocí en un encuentro literario, quien me avisó del premio cultural que acababa de nacer. Fue ella quien me animó a presentarme.

—He pensado que tus escritos diarios podrían ser dignos de premio.

Un tiempo después recibí un mensaje de Ana de la Peña, alma mater del evento y mujer emprendedora, confirmándome que me habían seleccionado entre los nominados.

Esa noche mágica comprobé que un jurado presidido por el Ateneo de Sevilla, políticos de izquierda y derecha, artistas consagrados como el pintor Salustiano García y patrocinado por grandes multinacionales, bufetes de abogados y entidades culturales, habían elegido mi nombre entre todos los nominados.

—El 'Premio digital de Sevilla a la mejor columna de opinión' es para el escritor Salvador Navarro —anunció la conductora del acto, Mónica Rosón.

No me habrían elegido si no les hubieran convencido mis textos durante todos estos años, lo sé. Pero también sé que no me habría llevado esa alegría inesperada sin la intervención de un ángel.

Es el mayor aliciente para mí y mi carrera literaria en este año que termina.

Gracias, Rocío Gálvez, por creer en mí.

lunes, diciembre 23, 2024

Cabanás

Iba camino de Oporto en coche y escuchaba una radio española, en la que entrevistaban a una oftalmóloga sevillana de apellido Cabanás.

'Tengo que memorizar ese apellido', me dije.

Acababan de premiarla en Filipinas por su labor social en países del África negra, donde se va temporadas largas, de forma altruista, a operar de enfermedades complejas a gentes que no se lo podrían pagar.

Esta mujer, Margarita de nombre, no solo asumía como lógica su tarea, sino que se sentía privilegiada de poder realizarla.

La que sale ganando decía soy yo.


Luxemburgo

No hace mucho me acerqué a visitar la boulangerie que tenía abajo de casa cuando vivía en París.

En un paseo emocional, volviendo veinte atrás al lugar donde tan feliz fui, me asomé por ver si seguían vendiendo croissants de almendras. 

Las chicas que atendían no eran las de entonces, lo que tenía claro no tanto por recordar sus caras sino por su juventud.

Recordé entonces las tardes de invierno en las que bajaba casi a escondidas de mí mismo para saborear uno de esos croissants rellenos de crema recién hechos. 

Mi penitencia era correr todo el perímetro de los Jardines de Luxemburgo por cada uno que me comía. Así que, si no quería correr, no bajaba a pecar.

Veinte años después echo de menos no solo los croissants, sino la carrera de penitencia entre maravillosas alamedas bajo un frío glacial.

domingo, diciembre 22, 2024

Montsant

—Os propongo un tinto del Montsant para celebrarlo.

Era el cumpleaños de Fran y nos fuimos a nuestro restaurante favorito a cenar.

—¡Qué te gustan los vinos catalanes! —le dije a Ana, la chica que lleva la cava del lugar.

—Me fascinan, Salva. Pero yo soy sevillana, y no tengo nada que ver con...

—A mí me encanta que nos los propongas —no dejé que tuviera que explicarse—. Haces mucho bien.

Vivimos en un ambiente tan odioso que todo se vuelve política. Justificarse se convierte en una obligación. Los pueblos se encariñan entre sí por un vino, por una canción, por una novela, por una película, antídotos emocionales contra aquellos que colocan cristales deformados para hacernos ver monstruos donde no los hay.

—Queremos una botella de Montsant.

sábado, diciembre 21, 2024

Gambas

Es probable que para cuando leas este texto ya me haya llamado Raquel para decirme qué me toca a mí comprar para la cena de Nochebuena.

Si no fuera por mi hermana, acabaríamos sentados esa noche delante de unos cuantos platos de comida preparada de última hora.

Nunca lo permitiría ella.

En toda familia, en todo grupo de amigos, está esa figura impagable del organizador, quien asume el rol de que las cosas marchen bien y no nos abandonemos.

Raquel se ocupará, como siempre, de la carne mechada y la ensalada de endivias con roquefort. 

Mantener las costumbres es, también, una prueba de amor.

domingo, diciembre 15, 2024

Hormonas

Fran duerme menos que yo, así que los días de fiesta él hace de mi despertador natural. 

Se despereza, consulta el móvil, se levanta, viene, va... 

Las veces que veo la oportunidad, lo abrazo, porque los años han demostrado que poseo el poder de adormecerlo de nuevo. No es necesario más que rodearlo con mis brazos para que, en cuestión de segundos, le baje el ritmo cardíaco, los músculos se le destensen y acabe expulsando ese ligero resoplido que indica que está dormido.

Lo que ocurre, algunas veces, es que el que se despierta soy yo y acabo con el brazo dormido de sostenerlo, sin quererlo despertar.

Colectiva

Estoy subyugado por la inteligencia artificial.

Sí, da cierto vértigo.

Poder establecer una comunicación con un sistema que responde en segundos a preguntas muy complejas es, en todo caso, excitante. Rebatirle, redirigir la conversación, solicitarle detalles, descifrar sus respuestas, 

Sí, da cierto miedo.

En todo caso, yo la rebautizaría, porque lo de artificial puede sonar a que está creada a partir de la nada y no es así. Esta inteligencia se alimenta de toda la inteligencia acumulada en trillones de archivos, documentos, ensayos, tesis, investigaciones, enciclopedias, experimentos creados por el hombre y es el propio ser humano el que ha conseguido construirla.

¿No sería más hermoso llamarla inteligencia colectiva?

Sábato

Decía Sábato que el sufrimiento es mucho más didáctico que la felicidad.

Duele admitirlo, pese a la carga de certeza que encierra la afirmación, por mucho que estas aseveraciones no sean fácilmente demostrables por la ciencia.

¿Qué investigador se atrevería a meterle mano a esta teoría? ¿Cómo medir cuánto nos enseña el dolor?

Lo cierto es que cada uno de nosotros tenemos nuestro bagaje personal, sabemos a los precipicios a los que nos hemos asomado y situamos con rapidez los dos o tres momentos más desgarradores de nuestras vidas.

Fue en esos instantes cuando descubrimos la tremebunda realidad del alma humana.

Camafeo

Yo aprendí hace tiempo a despojarme del pudor de no saber.

Al asumir nuevos retos en mi empresa cada cierto tiempo, me he acostumbrado a preguntar con naturalidad acerca de aquello que desconozco. Entiendo que es una forma sana de comunicación.

Cuando estoy a solas, no tengo más remedio que interrogar al señor Google.

Le doy un pellizco a la página de la novela y le consulto:

¿Qué es camafeo?

Entonces integro que se trata de una piedra preciosa con una figura tallada en relieve.

Reabro el libro y sigo leyendo.

No hay nunca que dejar de preguntar, ni sentir vergüenza por no saber.

Alesia

Llegué muy tarde a Roma la noche del sábado y el código de entrada en el apartamento que había pagado no funcionaba. Llamé al teléfono del propietario, que sabía que aterrizaba a esa hora, y no respondía. Tras un buen rato tirado en la puerta, en una noche helada, un matrimonio mayor abrió el portón y pude entrar. Una vez en el apartamento, no estaban las llaves que se indicaban en el documento que me enviaron, por lo que al día siguiente no pude salir en toda la mañana hasta conseguir dar con la propiedad.

Les expliqué que había pedido unos días de vacaciones para bajar el estrés, no para subirlo y que me parecía escandaloso tratar tan mal a un cliente.

La chica se disculpó y me prometió resarcirme con el pago de esa noche.

No llegó el dinero. Pasó un mes y reclamé. No hubo respuesta.

Coloqué entonces una reseña al alojamiento explicando exactamente lo que me encontré y el maltrato recibido.

De inmediato esa chica me escribió para preguntar dónde podía ingresarme el dinero para que yo retirase la reseña.

Yo le contesté categórico.

'No necesito el dinero'.

Lavaplatos

—¡Tenemos un lavaplatos! —me grita Fran, cuando me meto en el fregadero.

Entonces le respondo que soy como la Pantoja.

—¡Me gusta limpiar!

Hacerlo, incluso, con esmero. Con agua caliente en invierno. Secando bien los cubiertos. Dejando las copas relucientes.

Creo que es un ejercicio que baja el cortisol, al menos, a mí, me permite concentrarme en algo manual, concreto, ordenado, mecánico para así reducir la aceleración a la que muchas veces me encuentro sometido.

Intento no abusar del agua, ni del termo, para no encontrar razones medioambientales que justifiquen que es más ecológico usar el lavaplatos.

sábado, diciembre 14, 2024

Zurrón

Los instantes previos a despertarme tiendo a estar más desprotegido y aparecen, envalentonadas, amenazas que me desconsuelan, gran parte de ellas relacionadas con mi mundo laboral. Una reunión con un compañero que me desagrada, una presentación que no tengo del todo controlada, una entrevista con algún gran jefe que sé que me creará ansiedad.

Hace unos meses encontré el antídoto. ¡El zurrón!

La técnica es la siguiente, en cuanto aparecen esos monstruos por mi cabeza no les permito que se hagan fuertes en mis pensamientos.

¡Al zurrón!

Y desaparecen. Por completo. Ésa es la regla del juego y me he concedido tres oportunidades cada amanecer. Que aparece un malnacido por mi cabeza.

¡Al zurrón!

Desde que he creado este método, nunca he llegado a meter ahí a más de tres impresentables, con lo que me despierto como una rosa.

Soy un especialista en respetar las normas de los juegos que me invento.

domingo, diciembre 08, 2024

Generosidad

Hay días en los que vamos a la carrera y apenas tenemos tiempo para comer juntos.

Hay otros en los que confirmo que llegaré tarde y no lo podré ver.

Es en esas ocasiones cuando sé que allí estará la mesa con mis antojos preferidos. Que si hay solo un filete empanado, lo habrá guardado para mí, que si quedaba un culillo de vino, me lo habrá reservado, que si no había más que un trozo de empanada, que él hace tan bien, ese trozo estará allí.

Si había varios sandwiches, sé los que dejará para mí.


Málaga

Salí corriendo para entrar en el ascensor de El Corte Inglés de Sevilla antes de que cerrara.

Una mujer, que ya estaba dentro, sola, que no pudo anticipar mi llegada, ni me vio entrar, lanzó una frase a través de su teléfono.

—Acabo de llegar a Málaga, cariño.

Entonces, para su horror, giró la cabeza y me vio. Nos cruzamos la mirada y ella, una mujer hermosa en los 40, estuvo a punto de darme una explicación, como si yo tuviera derecho a meterme en su vida, pero, en cambio, miró al suelo y se calló.

Si yo hubiera sido el protagonista de alguna de mis novelas habría encontrado la forma de entablar una conversación, pero soy el escritor que las escribe y no tuve el valor de decirle que yo también he contado más de una vez que estoy donde no estoy.

Seguidores

Que sepáis que presumo de vosotros, de quienes reseñáis mis novelas, de los que compartís mis textos, de quienes los comentáis, les ponéis un corazón o, simplemente, los leéis.

La otra tarde, antes de empezar una entrevista, la periodista me preguntaba cómo había conseguido tanta fidelidad de mis lectores y yo le explicaba lo que considero que es una clave en esta comunión con vosotros: la coherencia.

Soy lo que veis, sabéis de qué pie cojeo, las actitudes que me irritan y las cualidades que me enamoran. Así, día tras día, he conseguido establecer un nexo de unión que me hace sentir muy orgulloso de teneros, porque vibráis en ondas muy parecidas a las mías, porque nos damos, así lo siento, amor en las dos direcciones.

Son muchos los que pasan y no se quedan, lo sé, por eso aprecio tanto vuestra fidelidad y presumo, cada día más, de la gente tan interesante que he conseguido reunir en torno a mi mesa-camilla.

Hay sitio para todos.

Albufeira

Hay una ciudad preciosa del Algarve portugués a la que me resisto a ir cada vez que Fran me lo propone, Albufeira.

Pese a su ubicación privilegiada, las calles encaladas y su playa de arena fina, integrada en la trama urbana, esta localidad se ha convertido en una franquicia de lo británico.

Toda la cartelería en inglés, pubs transmitiendo fútbol de la Premier, grupos de borrachos venidos en tropel desde Londres, comida propia de otros territorios donde lo que predomina es la hamburguesa, los fish & chips y las patatas fritas.

No hace mucho leí un artículo de un rotativo londinense que pedía que en España no dieran de cenar a las siete para los turistas. 'Cuando vamos a España, queremos ir a España y sentirnos en España'.

La portuguesa Albufeira, como tantas otras españolas, ha preferido prostituirse y plantar un decorado falso para hacer dinero fácil.

Con lo bonito que es viajar para no encontrarse con lo que ya tienes en casa.

Saturación

Cuando entré en la Galería Doria Pamphili me dirigí del tirón a la pequeña sala donde me esperaba desde hace siglos Inocencio X.

Velázquez consiguió que, nada más entrar en la estancia, ese Papa de mal genio me desbordase con su mirada inquisitorial. 

Qué habilidad para captar, para toda la eternidad, el carácter de un individuo.

En ese espacio mágico ocurre algo que te hace ferviente creyente en la potencia del arte, porque justo al lado del retrato de Inocencio X de Velázquez está el busto de Inocencio X de Bernini. 

¡Son iguales! 

La mejor prueba de la fidelidad a las facciones del pontífice es que dos artistas, pintor y escultor, consiguieron poner en lienzo y piedra a la misma persona.

Siempre tenemos la duda de si los retratos de gente que no existe reflejan en realidad a esa persona que nunca podríamos conocer. Visitar esa galería es la demostración de que sí.

Recorrí el resto de salas con cierta prisa, quería salir a la luz de Roma sin empaparme de más belleza que me distrajera del impacto que me produjo viajar siglos atrás a dejarme avasallar por esa mirada.

viernes, diciembre 06, 2024

Planteos

Es bueno plantearte qué estás haciendo con tu vida.

No a cada momento, ni con ansiedades, sino de forma calmada, en soledad, cuando la vida te regala un rato sin prisas.

Nos movemos tantas veces como autómatas, que hacen lo que se supone que toca hacer, que nos quitamos oportunidades de modificar el rumbo, desconocedores de nuestra propia fortaleza para cambiar las cosas.

Rendirse es lo fácil, aletargados por el poderoso aroma perverso de la rutina.

Podemos ser mejores, tenemos más capacidades de las que pensamos, surgen más posibilidades para demostrarlo de lo que creemos. En temas concretos, en decir sí o no a alguien, en ir a ese evento o no, en invertir tu esfuerzo en sacar ese proyecto o mirar hacia otro lado. No hay límite de edad para cambiar nuestro mundo.

Cada decisión que tomamos es un camino hacia una vida u otra. 

Yo me niego a dejarme llevar por el sendero de lo previsible.

Yo quiero más de mí.

Personas

Las personas no son como nosotros pensamos que deberían ser y ahí radica parte de nuestras frustraciones con ellas, que no nos damos tiempo a conocerlas e, inconscientemente, les pedimos que actúen como nosostros vemos lógico actuar.

Pero ellas no son nosotros y de ahí viene el desengaño muchas veces, por reflejar en los demás nuestras expectativas, que no son propias a esa persona.

Porque somos detallistas, pensamos que los demás lo serán, porque nos consideramos sociables damos por descontado que los otros saben socializar. Cuando eso no llega, nos frustramos, pero tal vez la culpa no está en ellos, sino en nosotros, por no habernos dado el tiempo de conocerlas, por pedirles que sean como no son, por juzgarlas con los ojos con los que nos juzgamos a nosotros mismos.

España

El primer vuelo que cogí en mi vida fue para ir a la República Dominicana. No me gusta andar con tonterías.

Si, a mi edad, soy todavía impresionable, no podéis imaginar cómo lo era por entonces. Cruzar el Atlántico y aterrizar entre palmeras y un mar turquesa puso a prueba mi corazón.

Era el viaje fin de carrera y un buen puñado de ingenieritos nos lanzábamos a la aventura del ron, la bachata y las pieles achicharradas.

Yo me apuntaba a un bombardeo.

Al ser mi escuela, por entonces, casi en exclusiva de chicos, el grupo iba de discoteca en discoteca a la búsqueda del sexo femenino. No me quedaba otra que estar ahí.

Cuando nos diluíamos entre la muchedumbre, las chicas locales se nos acercaban, experimentadas, imagino, en tratar con universitarios venidos de Europa. 

Yo, con dos Brugal en la cabeza, era presa fácil y las niñas se me acercaban, llamándome por el nombre de donde venía.

Hola España, ¿me invitas a un roncito?

Qué responsabilidad, pensaba yo, representar a mi país.

Fácil como siempre he sido, invitaba a todos los roncitos del mundo, hasta que empezaban a meterme mano. Ya tenía experiencia para escabullirme a tiempo.

Algunas me enviaban mensajitos en servilletas de papel.

'España, estás muy rico'.

Yo levantaba la cabeza y veía a una chica guiñándome el ojo, que se me acercaba.

¿Cómo está mi España?

Tu España está como una cuba.

Respeto

Si analizo las escasísimas veces en las que Fran y yo nos hemos enfadado, seriamente, en más de veinte años, el uno con el otro, han tenido su origen siempre en la consideración de falta de respeto por parte de uno de los dos, sensación real que quizás no viniese, tal vez sí, de un acto de mala intención por parte del otro.

Es fundamental, para que una pareja funcione, que no se permitan trasvasar determinadas fronteras. Por mucho amor que exista, si esa barrera del absoluto respeto se atraviesa una vez y no hay reacción de la otra parte, volverá a cruzarse más veces y cada vez se llegará más lejos.

Si uno se siente ofendido, aunque el otro no lo vea ni lo entienda, debe escucharlo, porque ha tocado un punto de dolor al que no debe volver a recurrir.

El amor asienta sus bases en el respeto y la admiración.

martes, diciembre 03, 2024

Blanco

Íbamos a un concesionario de Renault para que mis hermanas se compraran un coche.

Algún descuento tiene la familia después de 30 años trabajando en la empresa.

Dejé que ellas se pasearan, que vieran, hasta que ya por fin un comercial se nos acercó. 

Yo no quería influir en nada, así que dejé que, tras comentarles ellas su presupuesto, este les explicara las motorizaciones, los consumos, las tapicerías, los posibles extras, los maleteros, los tipos de conducción, los pros y los contras de cada modelo. Un buen rato. Hasta que les preguntó qué es exactamente lo que buscaban.

—Yo lo que quiero es un coche blanco —respondió Mónica.

Fango

Ha sido tan impactante el último mes con las trágicas noticias de Valencia que las pesadillas se han hecho presentes de forma continua.

Si a eso le unimos los diez días que pasé en Roma, donde quedé subyugado, los dos acontecimientos, el personal y el humano, se unen en un delirio nocturno que me hace no parar de dar vueltas en la cama.

Me desperté el domingo tras pasar toda la noche entre ruinas romanas llenas de barro, así que, perdido, me planté en el centro comercial de mis sueños. 

Una señora, al verme tan sucio, se me acercó y me tendió una tarjeta.

Es mi negocio, ¡ven!, te voy a vestir nuevo de la cabeza a los pies.

Yo leí el nombre del negocio, 'El trenecito de las algas'.

¿El trenecito de las algas?

Ya desayunando, se lo conté a Fran.

¿Existe algún negocio que se llame así?

Él me pasó la tostada y la mantequilla.

Estás como una regadera, Borete.

domingo, diciembre 01, 2024

Putrefacto

Cuando aparece un personaje putrefacto en mi vida empiezo a temblar, sobre todo si pertenece a la esfera del trabajo, porque ahí tengo difícil escapatoria. 

Lo que ocurre es que el otro Salva que habita en mí, el escritor, comienza a frotarse las manos de placer, disfrutando de escenas que vendrán que ni pintadas para próximas historias.

La gente mala no sabe lo atractiva que es para un novelista.

Si lo supieran, a mí no me harían daño, porque averiguarían que me están haciendo un regalo y eso es más de lo que podrían soportar. 

Así que mi yo ingeniero se sacrifica por mi yo novelista y le cede, gustoso, la venganza.

Sin ir más lejos de este año, he vivido en persona escenas de tan baja catadura moral, de tan miserables, tan ruines, que no veo el momento de ponerlas en boca de algunos de mis personajes, porque no hay nada más creíble que lo que uno ha vivido en primera persona.