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lunes, septiembre 07, 2026

Murillo

Paso, a menudo, por la plaza del Museo de Sevilla. Allí luce, imponente, la estatua de Murillo.

He leído tanto sobre él, sobre su bonhomía, su campechanía, su amor por la ciudad que lo vio nacer, que a veces me pregunto, al asomarme a su cara de bronce, cómo nos verá desde ahí: las pintas de la gente, los coches, los ruidos.

¿Qué pensará de lo que hemos hecho de aquello que se nos dio?

Es probable que pensase que no lo estamos haciendo bien, que perdemos la oportunidad de aprovechar todo el progreso y el bienestar de los que él no disfrutó para volvernos cada día más egoístas, como si el mundo fuera a acabar mañana, sin pensar en aquellos tipos que pasearán esa plaza, dentro de quinientos años, buscando la complicidad en su mirada.

Estamos creando un mundo zafio cuando lo teníamos todo para brillar.

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