Muchos puede que incluso presuman de ello. De tener tantas cosas que hacer que terminan por no hacer nada que les colme.
Con lo bonito que es parar.
Hemos creado el culto a la hiperactividad y hemos cerrado el templo de los que flotan en el tiempo.
A mí me gustaría que me parasen por la calle evangelizadores de esa religión: no un curso gratuito sobre la Biblia, sino sobre aprender a parar sin remordimiento.
La otra noche cenábamos en Portugal y el camarero nos empezó a hablar de la situación de su país. En nada, entraron los nervios alrededor de los platos. Nos había desviado demasiado tiempo de nuestra conversación.
Dejémonos flotar.
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