Dejar de llevar reloj se convirtió en una decisión hace media vida, no sé si por llevar los brazos desnudos o por querer liberar mi tiempo.
Con el tiempo el móvil tomó el mando: el control pasó de la muñeca al bolsillo.
Es lo que más valoro de los días festivos, el no saber qué hora es. Una suerte de retomar el dominio de uno mismo. Despertarse con la luz del sol y no con un bip-bip que nos rompe el sueño en dos.
Hay esclavitudes necesarias que tocan la moral.
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