─Mira ─dije a Fran─, el famoso director de Correos.
Afortunado por ir cada semana a enviar novelas dedicadas a mis lectores, conozco al personal de la oficina cercana a mi casa desde hace años. El ambiente es apacible, hasta que aparece el director dando gritos.
Todos los que paramos por allí sabemos que es el director, porque él se encarga de aclararlo cada vez que tiene ocasión.
Que es siempre.
Lo que él no ve son las miradas que se cruzan entre los empleados cada vez que él se va.
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