domingo, diciembre 04, 2011

Sweden

Sobrevolar Suecia a finales de noviembre es observar enormes espacios de tierra sin poblar con escasos signos de electricidad que evidencien actividad humana.

Adentrarse en el día a día de ese país es sano para un viajante latino que no está habituado a coordenadas geográficas en que la luz desaparece poco despúes de almorzar y el viento helado está presente casi siempre.

Allí nos decían que no hacía frío en esta época del año. ¡Glups!

Desde la habitación de mi hotel se veía una ciudad de caramelo, con personajes bien abrigados que la recorrían a paso tranquilo.

Para un sevillano salir a cenar por Estocolmo una noche entre semana es desconcertante, no porque no haya nadie en los restaurantes, sino porque no sabes cómo han llegado allí. No hay un alma en la calle, ni antes ni después. Tal vez para un soriano sea más entendible.

Al ser humano le une indudablemente la cultura, pero también el clima, las luces de invierno, los vientos, las humedades.

Me decía un compañero que había trabajado en el norte de Suecia que, por ley, a los trabajadores sus empresas están obligadas a darle los quince minutos de descanso a la hora exacta en que llegan los quince estrictos y únicos minutos de luz del pleno invierno.

Visitar Estocolmo es un placer cuando sabes que eres simple turista, pero no sé cuántos levantarían la mano si les dijesen que les ha tocado el premio de vivir allí.

¿Su economía robusta les proporciona calidad de vida?

Sí, sin duda. Es un país eficiente, modelo de gestión de los recursos humanos, educativos, científicos, culturales, empresariales. Modelo en su defensa de los derechos del hombre e implacable en sus acusaciones de las desigualdades. Es un país próspero, envidiable sin duda desde este país de cinco millones de parados en el que vivo.

Pero, ¿cómo valorar la calidad de vida a oscuras?

Tomando una bebida típica en el antro más de moda de Estocolmo, ¡tétrico!, un gordote jefe de seguridad de su empresa, borracho como una cuba, se me acercó para decirme que él nunca votaría a favor de la entrada de Suecia en el euro.

Tal vez si yo fuera sueco, tampoco. Prefiero pensar que no, pero el ser humano es así.

Vuelvo a Sevilla a las nueve de la noche y me voy con mi pareja y mis amigos a hablar de mis días suecos. Lo hago en la Alameda, en plena calle de mi ciudad llena como siempre de actividad.

¿Qué hay de mérito en nosotros o ellos para tener la vida que tenemos?, ¿cómo de protagonistas somos en nuestra manera de entender el mundo?

Mi amiga Carmen lo resume bien en una frase:

'Tengo un montón de películas por ver en mi casa, pero es que no llueve...'

1 comentario:

Gincrispi dijo...

Está claro... en primavera en Andalucía es complicado quedarse en casa.
Espero que te vaya todo bien, Salvador.


Saludos.