miércoles, mayo 04, 2011

Elisa

De diecinueve años, francesa y familia de nuestro amigo Txema, Elisa dijo sí a la primera cuando su tío le propuso venir a la Feria de Sevilla de este año. Estábamos en París en pleno invierno y era la primera vez que se encontraba con él.

Diciendo entender más español del que entiende pronto comprendió, nada más aterrizar el domingo, que estaba entrando en una ciudad compleja.

Charlar, beber, reír, comer y tocar palmas en un círculo infinito es difícil de entender hasta para un nativo de estas tierras si no fuese porque nos han educado, desde pequeños, a disfrutar del colorido de una semana festiva en una ciudad artificial.

Cuando lo ves desde otros ojos, de otra generación y otro país, comprendes la extrañeza e incluso el bloqueo que puede provocarse.

La mañana del martes llamó a su madre y no paró de llorar. Querría irse seguramente a París en el primer avión de vuelta.

Estuvimos todo el día pendiente de ella. Durante la comida trataba de explicarle en francés las claves de esta fiesta que empezó como agrícola y ganadera y terminó siendo lo que es hoy, un puro canto al placer de vivir en esta vida tan dura a veces. A todo respondía con monosílabos.

La tarde se fue completando con amigos que cruzábamos, casetas a las que nos invitaban, conocidos a los que sueles ver sólo en Feria. Le presenté a mi amigo Manuel, el director de cine. Éste venía con Nicole, una pintora neoyorquina recién venida a Sevilla para instalarse. Se nos unieron periodistas en la caseta de la cadena Ser, llegó Carmen, la chica que interpretará a Gloria en la película, luego mi amigo Santi, que nos presentó a sus padres, luego aparecieron unos americanos que conocimos días antes. Pasamos de los rebujitos al jamón y del jamón a las tortillas. Tuve conversaciones trascendentes, las que se tienen cuando el alcohol te suelta la lengua y dices cosas que tal vez no debieras. Bailé, bromeé con Badi, nuestra querida amiga marroquí y con Félix, un colega escritor que nos invitó a cenar la semana próxima. Esperamos a que a Ángeles Verano le hicieran un reportaje en televisión, nos acercamos a la caseta de mi amigo David, donde pude hablar del Betis con un vigués con veinte años de carnet del Celta, o con su amigo Toño, riojano criador de vinos.

Cuando habían pasado quince o veinte horas de sus llantos adolescentes, Elisa estaba bailando, o intentándolo, unas rumbitas con Badi.

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