lunes, marzo 29, 2010

Tragedias personales

No hace mucho leí una entrevista al eminente psiquiatra sevillano Luis Rojas-Marcos, en la que venía a afirmar que a una persona no le hace más fuerte haber sufrido una tragedia personal grave y que, de media, un ser humano está preparado para vivir dos grandes conmociones en su vida.

Él es el experto, y por lo que se de su trayectoria profesional, me merece gran respeto y admiración, aunque, como tantas otras especialidades, la psicología no es una ciencia exacta ni se pueden establecer teoremas matemáticos.

No estoy de acuerdo ni con una ni con otra afirmación.

Conozco gente interesantísima que no ha vivido grandes tragedias, no quiero decir nombres. Y conozco gente apesadumbrada por una vida muy difícil que, sin embargo, no termina de dar gran sentido a su vida ni a la de los demás.

A pesar de todo ello, estoy convencido que el haber pasado por una situación límite enriquece. Es jodido, pero es así. Debe ser así.

La cuestión es poner la frontera a lo que es tragedia respecto a lo que son los golpes puñeteros que la vida nos va dando, porque sabemos que hay quien se ahoga en un vaso de agua.

A los que, por ejemplo, nos dejaron jóvenes, contra todo pronóstico, tras una larga enfermedad, siendo nosotros adolescentes, les debemos, al menos, el regalo de haber comprendido qué es lo que es importante en esta vida y qué es lo que son pamplinas.

La belleza de la vida se entiende en toda su plenitud, desgraciadamente, cuando has conocido el precipicio.

6 comentarios:

Gallardete dijo...

Me ha llegado mucho tu reflexión, querido Salvador. Y , por mi propia naturaleza positiva, estoy de acuerdo en casi todo lo que dices. En lo que no lo estoy ,no es lo suficientemente relevante para , ni siquiera comentarlo.
Un abrazo y felices fiestas de pascua!

nosequé dijo...

Resiliencia ¿te suena está palabra?, como ingeniero seguro que sí.
Viktor E. Frankl y Primo Levi. Dos historias parecidas, dos finales diferentes.
Creo que cada persona ante una desgracia, se muestra y aprende lo que puede.
Cada uno tiene una fortaleza diferente.

Anónimo dijo...

Decía mi abuelo, que como todas las personas mayores era un sabio de la vida, que el ser humano está preparado para ver morir a sus padres porque responde al ciclo natural de la vida. Por contra, la situación inversa es irracional, ilógica, fuera de todo patrón.

La desgracia que viví y las que he conocido de muy cerca, pasado el tiempo, tienen algo en común:
Las personas de mediana edad en adelante, nunca levantaron cabeza, siguen sin tener ilusión por nada y se han vuelto hipersensibles (casos de pérdida de hijos jóvenes).
Sin embargo, los jóvenes, aunque seguimos teniendo recuerdos tristes y en mi caso particular me he vuelto más inmune al dolor, hemos recuperado la alegría y la ilusión, y nos hemos enriquecido ya que damos importancia a aquello que de verdad la tiene.

Sin ser psicólogo, el sentido común me dice que habrá multitud de reacciones ante una misma tragedia y una misma reacción para multitud de situaciones dramáticas. El lazo entre ellas se producirá en función de la fortaleza, personalidad y edad de la persona, así como de las circunstancias en las que tenga lugar.

Un saludo
Rivo

Anónimo dijo...

La grandeza de un ser humano no está en como cae sino en cómo se levanta: por lo menos me guustaría creerlo. Un abrazo,
M. Dufour

Anónimo dijo...

Pertenezco a los marcados por la tragedia cuando tenía 12 años y eso te deja lastrado para siempre, pero hay que seguir luchando...
Todos conocemos casos de personas tocadas no por una, sino por varias tragedias, y siguen ahí luchando y no riden.
También hay otras personas que se hunden y son incapaces de salir del aguejero...

A todos los comprendo y los abrazo.

ANTÍPODAS EN LA ANTILLA

Fernando dijo...

Sólo somos unos seres insignificantes perdidos en el cosmos, cuando nos asomamos (o nos asoman) al abismo, sólo en ese momento, empezamos a tener verdadero conocimiento de cual es nuestra verdadera magnitud. Por eso conocer el abismo nos enriquece. Paradójicamente nos enriquece al mostrarnos lo pobres que somos.