jueves, marzo 04, 2010

Mi cuarto de baño

Hay escenas concretas, la terrible pregunta de si los Reyes Magos son los padres mientras mi madre me peinaba, que me hacen situar más o menos en mis 8 o 9 años el período en que en casa se decidió hacer una reforma. Aunque sé que hubo albañiles durante mucho tiempo y que se cambiaron dormitorios de sitio, suelos y otras zonas de la casa, recuerdo especialmente la remodelación total del cuarto de baño.

Cambiando la bañera de sitio, unos horripilantes azulejos turquesas y la ventana desvencijada, pasamos a tener un baño espectacular a los ojos de un niño con gran capacidad de entusiasmo. Todo era nuevo y relucía, los sanitarios de un color blanco roto, grandes losas de color café con leche y un espejo enorme, diáfano, que iluminaba tanto como si hubieran multiplicado por dos el espacio.

En esa época yo recuerdo plantearme, con serias dudas, si podría existir (no sólo en Sevilla, sino en todo el planeta) un cuarto de baño más hermoso.

Había algunas informaciones que me hacían dudar. Pensaba, por ejemplo, en el Palacio de Versalles. Había fotos en un libro de historia del Arte que tenía mi padre que daba pistas de que, tal vez, el baño de ese palacio fuera más impresionante que el nuestro. Estaban, por otro lado, las películas que veíamos en el cine, a todo color, donde aparecían casas que, a lo mejor, también podían existir en realidad.

Conservo muy vivo ese recuerdo intenso en que me planteaba esa gran duda. Si el cuarto de baño de un piso de un barrio obrero de Sevilla sería o no el más hermoso del mundo. Era el colmo de la ingenuidad.

En esa casa ahora vive mi padre, a solas. Cuando lo visito, menos veces de las que quisiera, y entro en el baño, lo encuentro muy pequeño, tan descuidado por el paso del tiempo, con azulejos de un diseño añejo y el entonces gran espejo, roto.

Y se me hace un poco más chico el corazón.

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