Si lees esto a las cinco, estoy paseando por Frankfurt.
Porque esta semana trabajo en Rumanía y, al no haber plazas en el vuelo directo de Sevilla a Bucarest, tomé uno con escala en Alemania, donde tengo una espera de 5 horas antes de embarcar en el definitivo.
Lo fácil es relajarse entre las grandes salas climatizadas del aeropuerto, encadenar un café con una cena ligera antes de salir, dejar pasar el tiempo.
Pero no sería yo.
Perderme el pasear a orillas del Main y volver a visitar ese centro reconstruido no es una opción.
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