Así, una vez allí, nos desplazaríamos de una nave a otra sin tener que ir pidiendo despachos donde dejar las cosas, porque todo lo tendríamos en las espaldas.
Hay veces que puede más la apariencia que la comodidad.
Madrugamos muchísimo para tomar rumbo a Tarifa. Recogí con mi coche a Miguel Ángel en la puerta de su casa.
─No me lo puedo creer ─le dije.
¡Llevaba un maletín!
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