Cuando uno pasea con espíritu anónimo, sin mirar para adentro, se da cuenta de cuántos mundos hay en este.
Personas que cavilan sus entripados con caras serias, parejas que hablan entre sí, niños que se parten de risa delante de un balón, ancianos que te ven pasar con la melancolía de sus mejores años.
Hacer ese ejercicio es una forma de derretirse: ¡miles de millones de personas con sus cuitas!
Nos comunicamos poco: desconocidos que se cruzan con desconocidos.
Por eso me gusta defender esta ventana, donde nos hablamos pese a no habernos mirado a los ojos.
Saber del extraño es sentirse menos solo.
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