A mi equipo le insisto en esa idea: no nos dejemos llevar por el purismo de hacer que no haya un solo reproche a nuestros trabajos, porque es la mejor forma de paralizarnos.
Igual de aplicable a la vida cotidiana: querer lucir divino, caer bien a todos, ser impecable en las formas es un generador de sufrimiento.
Nuestro mundo avanza cuando se actúa, buscando, eso sí, lo mejor de nosotros mismos.
Pero saber decir hasta aquí.
Porque somos, en esencia, imperfectos. Actuemos con nuestra mejor voluntad. Es lo máximo que debemos exigirnos.
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