lunes, octubre 22, 2012

Pasión

Trato de hacer de la empatía una de mis cualidades, porque instintivamente lo siento así y porque egoístamente creo que me irá mejor en la vida sabiéndome poner en la piel de los demás.

A pesar de mi querencia por la reflexión y mis horas ensimismado con la lectura o la escritura, sé que estoy en el mundo. Me gusta la calle, escuchar a los demás, observar a mi alrededor y a lo lejos; me gusta involucrarme.

Tener empatía y estar en el mundo me permiten, entiendo, opinar sobre determinadas cuestiones que requieren de esos dos condicionantes para posicionarse con criterio.

Me subleva la gente desapasionada en el trabajo. Sé que hay mil excusas para defender esa desgana, que van desde el salario, las condiciones laborales o los problemas familiares que uno pueda tener en casa; se puede justificar la escasa motivación de las tareas diarias, el jefe insoportable que te ha tocado padecer o la ansiedad de no llegar nunca a alcanzar los objetivos que se te marcan.

Aún así, sin justificar la manida frase de los tiempos que corren, me desespera la falta de profesionalidad en el personal, la escasa inteligencia que muestran al activar los mecanismos propios para estar amargado, y amargando, durante las cuatro, ocho y diez horas que dure su jornada de trabajo.

A veces parece que hay que encomiar al que te atiende en un bar con una sonrisa, al recepcionista que te explica con energía los servicios de un hotel, al taxista que te trata con respeto, al operario de una fábrica que se desenvuelve con soltura para mantener impecable sus máquinas, al directivo de la empresa que defiende con pasión sus objetivos o a su equipo, al monitor de gimnasio que no está ensimismado en su móvil sin preocuparse porque los clientes se puedan destrozar la columna levantando pesos para los que no están preparados.

Es, más que nada, torpe. No buscarse estrategias para hacer de tu trabajo algo atractivo es poco inteligente y dañino. Hay que luchar por hacer de nuestro espacio laboral un lugar digno y eso, por muchas excusas que queramos buscar, está básicamente en nosotros conseguirlo.

Evolucionar, además, es en gran medida resultado de esa disposición personal a luchar por nuestro empleo. El progreso está, mucho más de lo que podamos pensar, en nuestra capacidad para superarnos día a día.

La dejadez, la improvisación, la crítica al compañero, el recurso a la mala gestión del jefe, de los otros, de la empresa son los mayores enemigos de nosotros en tanto que trabajadores.

Hagámoslo aunque sea por homenaje a quienes no tienen posibilidad de ejercerlo.

3 comentarios:

Alforte dijo...

Genial!!! Creo que lo voy a imprimir y colocar junto a la máquina del café en el curro.
Bsote

Anónimo dijo...

Muy gráfico y certero. Yo trabajo en una oficina en la que el negocio ha disminuido hasta el punto de que tenemos unas holguras evidentes. Lo sorprendente es que a pesar del esfuerzo que soporta la empresa al no reajustar recursos humanos a la carga actual de trabajo, no cala entre el personal el mensaje de que debemos invertir ese tiempo sobrante en añadir calidad a nuestro proceso de gestión. La mayoría, opta por alargar el tiempo del desayuno, conectarse a internet o cultivar sus relaciones sociales en horas de trabajo. En fin, parece como si no nos jugásemos nada.
Un abrazo Salva. ENG

Melvin dijo...

Añadiría a eso la falta de honestidad con uno mismo que representa proyectar las miserias personales desde el trabajo a todo aquel que se acerca... ¡Cuánta gente infeliz hay en el mercado laboral, incapaz de reconocerse amargada e ineficaz en su puesto de trabajo. Para mí esa actitud no tiene justificación ninguna. Comparto tu reflexión. Un abrazo.