lunes, octubre 29, 2012

Categorías

No hay que mirar atrás, se dice.

El ser humano tiende a clasificar todo en categorías, incluso los placeres, las emociones y los dolores.

La felicidad se relaciona con proyectos por realizar, esa línea roja que nos colocamos delante y a partir de la cual todo será más luminoso, la vida por fin tendrá sentido y comeremos perdices. El problema es que llega el día en que atravesamos la línea y no suenan campanas en el cielo, sino que nos construimos otras metas que nos hagan disfrutar del camino hasta rematar alguno más de nuestros sueños.

Esa parece ser la felicidad buena, de categoría A. Mirar siempre al futuro, lo pasado pasado está. Es, nos dicen, nos decimos, de persona inteligente enfocar todo nuestros sueños al futuro, a lo que seremos, a lo que dirán.

Disfrutar del momento es demasiado simple, pasajero, tonto, de hippies o colgados, de perezosos o personas sin ambición. Felicidad de pocas miras, de categoría B.

La peor, en nuestros tiempos acelerados, es la categoría C en el cómputo de los disfrutes. Porque ¡qué triste es regodearse en los recuerdos! Es de viejos, de melancólicos y fracasados.

Sin embargo yo reivindico el placer del recuerdo. Almacenarlos con la mayor precisión posible, diáfanos, cerrar los ojos y recordar el primer sexo, las carcajadas en la playa jugando a las cartas, la lectura de 1984 tumbado en la playa junto a Mariló, las sucesivas declaraciones de amor, las borracheras imposibles cantando a lo María Bethania, el detalle de cada hora y cada paseo por las calles de Nueva York, las cenas de amor, los guiños de tu jefe diciendo que está encantado contigo, el abrazo de mi padre al contratarme la Renault, el primer beso a mi sobrino Iván, recién salido del ascensor del hospital en brazos de mi hermana Raquel, el paseo con Fran por Villaluenga en fin de año, las charlas sobre Saramago con Mariángeles paseando por Conil, las risas de Montse, la vueltas en vespa con Bárbara en busca de uno de sus novios, los chistes absurdos de mi hermano David en la Barqueta, el día que conocí París, aquél en que me llamaron desde un concurso literario, cuando vi en las listas que aprobé la Mecánica de fluidos, el disfrute de mi primera noche en esta casa que es ahora mía, los besos de mi madre al irme a dormir...

Volar con solo un cerrar de ojos, sin más necesidad que una cama y ausencia de luz, con música tranquila...

¿Quién me dice que los recuerdos son felicidad de baja calidad?, ¿quién me demuestra que es un sucedáneo de la real?

Cruzar muchas líneas rojas nos permite acumularlas para, cuando llega al momento, otearlas desde lejos sin avergonzarnos por mirar atrás.

1 comentario:

N-2 dijo...

Con lo que dices más me reafirmo en mi pensamiento-creencia de que la felicidad no está en nada ni nadie...simplemente está en nuestra cabeza...donde en el momento más árduo podemos sacar algo para ser feliz y viceversa...teniéndolo todo...podemos set tremendamente infelices