lunes, octubre 01, 2012

Oponer

Pocas cosas más enriquecedoras existen para tu desarrollo como persona que enfrentar tus pensamientos a gente que no comparte tus mismas ideas y tiene argumentos tan bien construidos como los puedas tener tú.

Soy partidario de defender con vehemencia aquello en lo que creo, me siento orgulloso de mantenerme coherente a lo largo de mi vida en las líneas básicas de mi pensamiento, siempre afinadas con la madurez que da el paso del tiempo, huyo de la gente híbrida que adapta el discurso, si lo tiene, a las circunstancias y valoro, cada día más, aquellos que defienden con pasión ideas no necesariamente entendibles por mí, dentro de los límites que el respeto a los principios básicos del ser humano impone.

El placer de charlar con un buen oponente, en un ejercicio apasionadamente estéril por ambas partes en que tratas de convencerlo de tus propias verdades, te hace más tolerante, menos bocazas, más humilde.

La radicalidad de tus argumentos nunca pueden sobrepasar la línea de la descalificación del otro por el simple hecho de pensar de otro modo, y ése es el principal defecto que tienen, a mi entender, los jóvenes que no han vivido lo suficiente como para saber que el mundo está lleno de colores.

A mí nadie me sacará de mi visión política de izquierdas ni de mi creencia en la posibilidad de una España plural donde se respete por igual a sus pueblos ni de la inutilidad de una iglesia católica que considero desfasada; nadie me hará entusiasmarme con estrategias capitalistas neoliberales ni aplaudiré discursos basados en la supresión de derechos sociales adquiridos con esfuerzo ni entenderé a aquéllos que quieran imponer la caridad sobre la solidaridad.

A quien nunca querré como interlocutor será al xenófobo, al violento, al homófobo, al fascista, al embustero, al corrupto, al que justifique terrorismos, al que condene otras religiones, a quien desprecie por no pensar como él.

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