miércoles, octubre 17, 2012

Lento

Cada vez me voy pareciendo más a mis héroes anónimos, a los Paolos y Beas que un día se cruzaron por mi vida mostrándome que los tiempos pueden medirse sin relojes.

A cada trecho más consciente de las agradables sensaciones neuronales que produce ir lento en los hábitos tontos que menospreciamos a diario, buscando sin forzarlo mi propia naturaleza animal en la eternidad de los instantes.

No sé si llegaré a levitar como Paolo, pero sí es cierto que voy reivindicando para mí la querencia por lo pausado en mi lucha no necesariamente perdida contra lo inminente.

Establezco técnicas que me hacen ralentizar mi devenir diario para no convertirme en rehén de un estrés al que gané hace años una batalla que quisiera fuese definitiva.

La técnica del calcetín, por ejemplo, es muy potente.

Todas las mañanas, con la ciudad aún dormida y la noche oscura, llega el momento en que me coloco los calcetines tras la ducha. Como perro de Pavlov, simplemente la postura de las piernas cruzadas para colocármelos me lleva a provocar los movimientos lentos, a saborear el rito diario de vestirme los pies al que dedico toda mi atención, abstraído de todo lo que tenga que venir y vendrá.

Nos pasamos la vida calculando por adelantado nuestras acciones, poniendo caras a conversaciones aún no mantenidas, respirando rápido por discusiones que tal vez vendrán, amargándonos por problemas que, cuando lleguen, ya sabremos combatirlos.

Pasamos la vida deprisa sin ser conscientes de la felicidad que supone gastar todos los sentidos cada mañana en disfrutar de una puesta de calcetines.

Lenta.

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