miércoles, julio 18, 2012

Salmonete

Día espléndido de verano. Playa del Palmar, en Cádiz. Recibo a mis amigos Paolo y Mariángeles, ella con su novio. Ambiente inmejorable.

Por aquella época mis hermanas regentaban un chiringuito que era lo mejor que existía por allí, lo que suponía un aliciente para frecuentar esa zona de la costa. 

Decidimos comer un plato de pescado al mediodía en un lugar recomendado por ellas y por mi padre. No se nos olvidará a Mariángeles y a mí nuestro plato: Salmonete.

La camarera y dueña en seguida me reconoce como el hermano de las del chiringuito vecino, como hijo del padre que para por allí todos los días con amigos a tomar una cerveza.

Nos sirven los cuatro platos y a mí se me hace la boca agua con mi pescado, un salmonete de escamas brillantes y rosadas con la carne tierna. Mariángeles, en cuanto le empieza a quitar la piel al suyo se encuentra con algo totalmente diferente, desmenuzado, con aspecto de no haber estado sano. Lo prueba y lo confirma: ¡qué raro sabe!. Lo pruebo yo, lo prueba Agustín, lo prueba Paolo. Incomible.

Llamamos a la jefa del lugar y ella, viendo salmonete contra salmonete, dice que no encuentra diferencia. Con una sonrisa amable le invito a probarlo. Se lo lleva con cara de pocos amigos y casi se le olvida preguntar qué otra cosa quiere mi amiga que, con el estómago cerrado, le dice haber terminado de comer.

Al llegar la hora de la cuenta, nos casca los dos salmonetes. Tratando de calmar los ánimos del personal, la llamo y le explico lo ocurrido.

-Debe haber una confusión.

-Confusión ninguna, bien que le había metido mano al pescado. Faltaba casi medio salmonete.

-Estuvimos probándolo para confirmar que no era solo mal aspecto.

Displicente, se lleva la cuenta.

-¡Tendría que cobraros medio!

Ahí salió mi lado malo. Yo no me iba por nada del mundo de allí sin pagar el medio salmonete.

Ganar medio salmonete, podrido. Perder cuatro clientes, amigos y familiares.



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