viernes, junio 08, 2012

Euro

Será por mi espíritu novelero, pero yo recuerdo la emoción intensa con la que viví el nacimiento del euro.

Tuve la suerte extraña de que su entrada en funcionamiento coincidiera cronológicamente en el tiempo con el momento en que me fui a vivir al extranjero, a otro país, Francia, que también vivía con ilusión la llegada de una nueva moneda, con todo lo que implicaba de confusión, equívocos, anécdotas.

En esos primeros meses conocí en París a Leire, una riojana que trabajaba, dando la sensación de no saber por qué se fue a vivir allí ni si estaba contenta o disgustada, en una cadena española de zapatos en la rue de Rennes. Recuerdo lo graciosas que a ella le parecían mis reflexiones acerca de la importancia de la entrada del euro, lo que suponía de impactante para el futuro de Europa.

Porque yo soy de las personas que consiguen emocionarse con hechos históricos cuando éstos me parecen que van en el sentido de transformar de veras la sociedad.

Leire se reía cuando yo explicaba el placer que sentía al echar un euro en la máquina de café del trabajo, esperando con ansia no el café, sino el cambio, para ver de qué países eran las monedas de cinco, diez o veinte céntimos que devolvía.

Si el hombre, el europeo en este caso, se ponía de acuerdo sobre algo tan visceral, si era capaz de ceder algo tan patriótico como era la moneda, entonces era posible todo. Podríamos pensar en un futuro realmente universal, las fronteras serían cada vez más reliquias, ayudadas por el acuerdo de Schengen, e iríamos atacando los problemas que afectaban el corazón del hombre dejando a un lado sentimientos exacerbados de adhesión a banderas, que no hacen más que enredar creando problemas ficticios.

A alguien como yo que le gustaba viajar más que a un tonto un lápiz, poder hacerlo sin tener que visitar oficinas de cambio era de alguna manera hacerlo menos extranjero en ciudades cuyo lenguaje no entendía.

Han pasado algo más de diez años desde entonces.

Ahora hemos visto que todo se asentaba en bases muy endebles, que la unión monetaria era más ficticia de lo que nos hacían creer. A los que no entendíamos de economía, los más, no nos dijeron que abrazar el euro era someterse a dictados de los mercados o de Alemania.

Yo, sin embargo, creo que no puede haber otro camino que el de tirar hacia delante. En lo único en que coincido con el ministro Montoro, desagradable, repelente y resabiado hasta decir basta, es que la única salida debe ser más Europa, más euro.

No podemos dejarnos llevar por agoreros y ultranacionalistas, por fachas y rompe-escaparates. Esta lección de descrédito general que está viviendo Europa, en que cada cual parece querer salvar su propio pellejo, debe servir para avanzar en una mayor integración, para encontrar mecanismos que hagan que nuestra economía sea más solidaria, eficaz y humana.

Éste, nuestro querido continente, ha vivido muchos siglos, milenios, de batallas y malentendidos. Millones de muertes de inocentes en trincheras, bombardeados y masacrados sin saber muy bien ni compartir las causas de su propia tortura. Por egoísmos.

Sin embargo Europa es el lugar donde yo quiero vivir, donde mejor se defienden los derechos del hombre, donde la cultura te golpea a cada paso, donde el hombre ha encontrado mayor acomodo a su dignidad como persona.

No demos pasos atrás ni nos dejemos llevar por gritos de sirena. Quiero seguir tomando café y sorprendiéndome con los reversos de las monedas de euro.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Salva , estoy completamente de acuerdo contigo en el fondo, en la forma, técnicamente y emocionalmente en este asunto. Yo también viví con emoción el euro, estuve en el cajero automático esperando a que metieran la moneda nueva para sacar, acariciar e inspeccionar esos billetitos nuevos, tan brillantes, tan bonitos y adornados con puentes.
Pero es que además ahondo más en la cosa, hay algo más que me impulsa hacia Europa: la desconfianza que tengo en la clase política española hace que "ceder" soberanía para mi se convierta en un placer y una necesidad. Me fío muchísimo más de los políticos anglosajones con su moral protestante y sacrificada que de la banda de mercenarios, arribistas e incompetentes que inundan nuestro espectro político. Soy europeísta por atracción a ella y por la repulsión que me causan nuestros políticos: los que los españoles elegimos con entusiasmo una elección tras otra :-S. He entrecomillado lo de ceder ya que hay que contar que cuando en un grupo todos ceden, también se recibe parte de los que ceden los otros de manera que el computo global individual de cesiones queda neutralizado y el grupo fortalecido si todos ceden con confianza.

Sólo una cosa: Montoro me cae bien.

Salu2

Fernando