viernes, junio 15, 2012

Anchoa es el rey

La vida te pone delante escenas que retienes para siempre en que tomar por un camino u otro te marcará como persona.

Yo tengo nítida en mi memoria la tarde calurosa, vendría a tener 11 0 12 años, en que celebrábamos una primera comunión familiar (no recuerdo de quién) y mi tío Yiyi se me acercó para decirme que me veía muy delgado, que tendría que ponerme a hacer deporte. Sospecho que instigado en cierta forma por mi madre, que por esa época se preocuparía por tener un hijo canijo e introvertido.

Yiyi me habló de su amigo Anchoa, entrenador de remo en el Labradores.

No sé qué argumentos utilizó para convencerme, pero el caso es que el lunes siguiente estaba allí con mi bolsa de deportes, asustadizo e intimidado, preguntando por Anchoa, un hombretón inmenso, barbudo y provocador.

¡No pegues zapatazos, joder! -me gritó ya el primer día, entre un grupo de veinte personas, cuando salimos a correr varios kilómetros como calentamiento.

Las palizas eran inmensas, entrenábamos todos los días del año, incluso los lunes cuando las instalaciones estaban cerradas. Nos llevaban a las afueras de Sevilla y nos ponían a subir esprintando cuestas empinadísimas en zonas marginales llenas de perros que te perseguían ladrando como si fuesen a comerte.

Hacíamos pesas, circuitos de gimnasia, carrera de fondo y muchísimos kilómetros de remo por el Guadalquivir.

Más me introducía en el equipo y más feliz era, sin reconocerlo. Escapaba de un ambiente totalmente distinto que había dominado mi infancia, en un colegio de curas solo para niños, a otro mucho más abierto con chavales y chavalas de cualquier extracción social, que se reunían a la salida del entrenamiento a tomar batidos y palmeras de chocolate hablando de temas hasta entonces tabúes para mí.

Mi adolescencia transcurrió en gran parte allí. Llegué a cumplir los veinte aún remando, aunque mi única final en un campeonato de España se produjese porque se rompió en las semifinales el bote que nos precedía, y si quedé campeón de Andalucía es porque en esos años sólo existían dos clubs y bastaba con ganar al otro.

Lo importante para otros eran los trofeos, mi trofeo era haber salido de una burbuja abriendo mi mundo a otras posibilidades que me sacaban del barrio, los curas, los estudios y las faldas de mi madre.

Pocos años después de empezar, cuando ya me convocaron por fin para el primer campeonato nacional en Zaragoza, llegó otro de esos momentos que te dejan marcado. 

Íbamos en un autobús y, efectivamente, yo era de los novatos. No imaginaba que en las últimas filas se colocaban los veteranos, que esperaban apenas unos minutos tras dejar Sevilla atrás para empezar con los cánticos infernales:

'¡Ey, ey, ey... Anchoa es el rey!

Me di cuenta de en qué consistían los gritos. Iban cogiendo uno a uno a los chavalillos nuevos y los llevaban al 'tribunal'. Les bajaban los pantalones, les abrían la maleta, cogían sus pastas de dientes, geles, comidas... y se las restregaban por sus... Cuando yo vi al primer amiguete temblando de miedo al escuchar su nombre, yo entré en una situación de colapso mental. A mí cualquiera de los veteranos me sacaba dos palmos, veinte kilos y podía reventarme de una colleja, pero a mí no iban a hacerme un gazpacho, así le llamaban a la operación 'vente para acá que nos vamos a morir de risa a tu costa'.

¡Ey, ey, ey... Anchoa es el rey!

El autobús paró a echar gasolina. Yo bajé. Me dirigí a Anchoa y le dije que tenía algo importante que decirle. Él me miró con cara preocupada.

¿Qué te pasa?

'Anchoa, si a mí me llaman los de la última fila, yo a ti te mato'.

Con qué cara no se lo diría ese chaval esmirriado que era yo, que a mí nunca me hicieron un gazpacho.

3 comentarios:

CONMASDECINCUENTA dijo...

Borete,como te comente en fcbook
muy simpatico

Anónimo dijo...

Yo recuerdo aquellas zancadas, esas, esas mismas que me perseguían todos los entrenos, corriendo a Camas, por la palmera o la vuelta a los puentes.
Primero fueron molestas, luego se me hicieron familiares.
En aquellos tiempos muchos salimos de casa, todos los de nuestra generación y allí aprendimos paso a paso que lo más importante en esta vida son las personas: Que por hacer un favor a un amigo te buscabas la bronca en casa.
Recuerdo aquellos zapatazos, sobre el asfalto, aquella media maratón interminable, que me perseguían, igual que el año anterior, yo sabía quien era,me perseguía, ese; zas, zas, me cogía, me igualaba, me sonreía y me adelantaba, al final llegó antes que yo. Era su superación, su lucha y lo había conseguido, yo me alegre por ello.
Recuerdo el autobus, si el de los gazpachos, donde no se libraba nadie. Anchoa, sí ese que fue un gran tipo, se me hacercó y me dijo "a tu primo ni de coña" El era el rey y sus órdenes ley, así que pasaste el viaje sin problemas. Aunque lo hubieras pasado sin problemas. Superaste lo más difícil, superarse a uno mismo. Eso primo lo intentamos hacer todos los días. Desde el otro lado del teclado un abrazo. Salvador Navarro.

Salvador Navarro dijo...

Me ha llegado al alma, primo... Y he conseguido cerrar el círculo de esta historia