jueves, septiembre 29, 2011

Palabra

El ser humano se va haciendo escéptico a lo largo de su vida a base de múltiples desengaños. La muerte de los seres queridos sea, quizás, el más fuerte de ellos. Una destrucción de inocencia, una pérdida de referencia que tal vez sea necesaria para llegar al final de nuestros días con la mochila cargada de la energía justa para no aterrorizarse ante el irremediable final.

El gran desasosiego del hombre, sin embargo, pienso que se gesta a base de múltiples decepciones con el propio hombre, el que comparte nuestra amistad, el trabajo, el espacio inmediato o el anónimo y lejano.

No hay nada más frustrante que el comprobar la infidelidad a la palabra dada.

En tantos casos a lo largo de nuestra vida nos enfrentamos a esa vulnerabilidad que supone sentirse engañados por el otro, que reaccionamos de dos maneras: contagiándonos de esa actitud que supone no ser de fiar, o manteniéndonos en nuestros trece de ser fiel con nosotros mismos y, por ende, con el otro.

Las dos posiciones frustran, pero sólo la segunda es sana.

Mantenerse fiel a la palabra dada es, a pesar de desengaños, la más reconfortante de las actitudes.

Ser garantía de compromiso, no hacer dudar al otro de que si tu has dicho sí, ese sí es más fuerte que ninguna excusa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La coherencia de nuestros pensamientos, de nuestros deseos, de nuestras palabras, y nuestros hechos, nos da confianza a nosotros primero,y a los demás después.

¡Qué fácil es crear las palabras, y qué difícil resulta a veces cumplirlas!