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salvador-navarro.com

martes, junio 14, 2011

Litronas

Durante años en la fábrica, en mis comienzos como técnico de mantenimiento, pasaba muchas horas con compañeros que me acogieron con los brazos abiertos. A un joven que podía ser su hijo, recién salido de la Escuela de Ingenieros y con menos conocimiento práctico de la maquinaria que había instalada del que yo mismo pudiese imaginar.
Era un choque de humildad. Salías de la universidad comiéndote el mundo y unos grandes profesionales eléctricos y mecánicos, que llevaban décadas enfrentándose a grandes instalaciones de mecanizado industrial, te recibían con los brazos abiertos y te explicaban, sin tapujos, acerca del funcionamiento de cada torno, talladora, rectificadora o enderezadora que, a decir bien, no había visto en mi vida.
El aprendizaje implicaba horas de compañía en que me iban contando sus vidas. Currantes sevillanos hechos a trabajar bajo presión para sacar las producciones diarias en una fábrica que nunca le falló a Renault.
Y en esos ratos aprendía también acerca de sus miedos, las tragedias personales, los marrones económicos, sus ilusiones vitales. Me enseñaban fotos de sus niños, me hablaban de sus mujeres en esos interminables turnos de noche en que trabajábamos sin red. Si había una gran avería no teníamos un teléfono del que tirar para solucionarlo.
Recuerdo a un oficial eléctrico, sensible, tímido y honesto, que tenía la paciencia de dejarme a mí al mando de las reparaciones, corrigiéndome cada paso en falso, sabiendo que mi trabajo a su lado era transitorio para volar a responsabilidades mayores.
Años después, viviendo en Francia, me llegó la noticia de que su débil corazón dejó de funcionar.
Este hombre me contaba como cada viernes, al salir del trabajo, se iba al Carrefour y compraba una caja de cervezas. Luego se iba con la mujer y los niños a su apartamento de Barbate. Ésa era, aparentemente, su principal alegría en su día a día. Soñar con el viernes y sus litronas en Barbate, asomado a la terraza, viendo el mar.
A mí me agradaba escucharlo, aunque pensase que la vida te ofrecía mucho más que esas rutinas placenteras.
Con el tiempo uno va aprendiendo que no hay que minusvalorar las opciones vitales de nadie.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Salva, soy Jose. Marga me ha mostrado tu último post. Me ha gustado mucho y al mismo tiempo me ha entristecido porque sé de quién hablas y lo que tú y yo lo queríamos.

Un abrazo.

Salvador Navarro dijo...

Me alegra compartir esto contigo, Jose

Un abrazo a Marga y otro a ti

Tenemos pendientes un puchero

Melvin dijo...

Pobre del que aviste el horizonte sin perspectiva. Pobre también del que no sepa valorar esos pequeños detalles de la vida. Un abrazo melancólico.

Reyes dijo...

Qué lástima que la vida se acaba y nos arrebata todos los placeres ,grandes y pequeños.
Yo recuerdo mucho los placeres de cuando venían a casa mis abuelos maternos, lo bien que me sentía comiendo (cocido o puchero) con ellos sentados a la mesa.
Mi abuela me traía caramelos de naranja en gajos , la sensación de felicidad era tremenda .
Y tantas cosas que uno vive por aquí, tan andaluzas y tan simples.
Barbate , uff qué maravilla .
Espero que ese hombre esté disfrutando de otras cosas "pallá" , como llamaba mi abuelo al otro barrio.
Un beso.