—Es cursi —reconoció Fran—, pero escríbelo.
Había pasado mala noche, tras una cena tardía y abundante, así que perdí por completo el sueño a esas horas en que no hay un alma en la calle.
En vez de coger un libro o irme al salón, decidí viajar a mi recién despedida Venecia para asomarme a Ca' Rezzonico, el museo del Settecento. Volví a sus salones, a las ventanas al Gran Canal.
Pero, sobre todo, volví a los frescos de Tiepolo en los techos, trampantojos en colores pastel. Fui perdiendo la conciencia mientras caminaba, en sueños, por esos cielos pintados para atravesar la pared.
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