Esta semana he trabajado en una ciudad francesa horrorosa, y ya es difícil. Industrial, de cielo plomizo y hoteles de mala muerte, lo meritorio allí es sonreír.
No nombraré el sitio, porque no se cantan las miserias de nadie.
Dando la espalda a la frontera con Bélgica, elegí volar a Bruselas en lugar de a París para disminuir el trayecto y así aprovechar todo el tiempo libre que tuve para saborear la belleza del ladrillo rojo de las ciudades flamencas.
—Vaya rollo —me dijo Fran—, con las ganas que tenías de volver a Francia.
—Pero cené una 'bavette' de pollo con salsa de champiñones y 'harricots verts'.
Y eso le da sentido a todo.
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